La Novela Luminosa de Levrero me insta a retomar este diario abandonado, así sea de vez en cuanto (dejemos el error tipográfico), así sea solo para decir que aquí sigo, tan atento como ausente.

Compré hace varios meses un nuevo computador portátil marca Lenovo muy ligero (casi demasiado ligero) y cómodo que ahora poso en mis piernas para escribir desde la cama. Lo compré como ejercicio de resistencia contra los computadores de Apple que llevaba usando desde 2003 o 2004 ya que en sus últimos modelos me han parecido bastante insuficientes considerando el precio. Este Lenovo ha resultado ser un buen aparato. Hace lo que debe hacer, tiene lo que debe tener y no puso problema instalándole el GNU/Linux. El teclado, tal y como prometen todos los fanáticos de la serie ThinkPad, es un placer. Configuré el teclado para soltar tildes combinando el Alt de la derecha con «’» más la letra que corresponda. Lo malo es que la eñe sale con un «~» más la ene y la virgulilla está muy lejos, en la esquina superior izquierda, así que todavía no tengo totalmente automatizado el gesto y por ende prefiero evitar las palabras que usan esa letra de repente incómoda. Las tildes sí las llevo bien. Ya ni lo noto.

Casi siempre que compro o estoy por comprar cosas que considero costosas me entra una angustia que no sé aislar bien pero relaciono con cierto compromiso de «clase» que siento que traiciono al adoptar un nuevo lujo. Después del gasto duro sintiéndome culpable y hasta juzgado por semanas. La plata me incomoda. Lo pésimo es que cuando teníamos poca plata eso también me angustiaba. Uno nunca está feliz. Lo que cambia es el sabor de la insatisfacción.