Salió la niña con que cuando Netflix se congela y aparece el contador de porcentaje del buffer descargado la forma de hacerlo avanzar a buen ritmo y que el programa regrese es leer los números en voz alta a medida que cambian. Todo aquel que no cuente debe hacer mientras tanto silencio absoluto. Llevo dos semanas explicándole que mi contar o no contar no hace diferencia en el progreso pero ella insiste, y como nuestra conexión no es la mejor la escena angustiosa de reclamo de conteo en voz alta y pelea si cualquiera dice algo más se ha vuelto ritual familiar. A falta de religión tiene eso.

Recuerdo mis propias versiones de esa superstición cuando niño. La más recurrente, tal vez, era la creencia en que con el poder de mi mente podía hacer que volviera la luz cuando se iba. Requería un esfuerzo inmenso y casi siempre horas de concentración (no sé por qué ahora siento que también involucraba algún tipo de conteo) pero adjunto al alivio que llegaba con el final del apagón venía el orgullo secreto de haber contribuido psíquicamente a resolver lo que quiera que hubiera cortado el fluido eléctrico del pueblo. No sobra decir que durante algunos años de mi infancia la luz de iba por término indefinido con regularidad semi-diaria, así que las oportunidades para fortalecer mis habilidades psíquicas abundaban. A ese entrenamiento severo debo mi fama de vidente y sanador.