Pasó que la leche de la caja que abrimos esta mañana sabía más a vaca de lo tolerable, y como resultado la niña no pudo tomarse ni un sorbo entero de su leche con vainilla. La marca de leche que compramos se precia de sus procesos simplificados que reducen la distancia digamos química entre el consumidor y la teta del animal. Así explican su costo, ligeramente superior al de sus pares de mostrador. Recuerdo que la primera vez que la probamos, en una cata de supermercado, hablamos elogiosamente de la diferencia no solo en textura sino en olor y sabor: es decir, consideramos ese sabor, que asociamos con la vida de granja, como un valor. Pero hoy por la razón que sea este sabor dominaba por completo y fuimos incapaces de tomarla. Era demasiado leche. Tanto así que tuvimos que botar el resto por el desagüe. La situación me recordó la escena de Matrix donde discuten el verdadero sabor del pollo. Quién sabe cuántas cosas que creemos que son ya no son. En fin, pequeños dramas del consumidor de nostalgias falsas.