Y bueno, otra semana que se va por el hueco sin nada meritorio para cosechar. No me quejo porque nunca ha sido mi propósito ser un segador de iluminaciones. A duras penas arrisco con lo que me corresponde y de vez en cuando incluso eso se me sale de las manos así sea poco porque supongo que no es tanto un problema de fuerza sino de destreza. No que sea fuerte tampoco, por si hace falta aclararlo. Esta semana la cocina estuvo relativamente limpia y mi nuevo intento de hacer dieta prosiguió sin contratiempos. Poco contacto social fuera del trabajo. A veces no me hace falta y a veces sí. Recientemente no tanto. Prefiero estar en la casa con M. y la niña, jugar y conversar. Los domingos paso la mañana con L. en el parque mientras M. trabaja. Por las noches leemos Momo. Apenas estamos comenzando. Intento también leer cada día unas cuantas páginas de la antología de Borges que sacó la real academia de la lengua. Contiene el ensayo sobre Swedenborg que tanto me impresionó de muchacho. Después de leerlo le conté a mi tía Ángela y ella me advirtió que con Borges nunca se sabía si lo que decía era real o no (creo que ese libro de ensayos Borges Oral fue lo primero que leía de él), así que busqué en la enciclopedia británica herencia de mi abuelo qué encontraba y ahí estaba la entrada sobre el místico alemán. A partir de ahí, en muchas de las bibliotecas por las que he pasado busco libros de Swedenborg y los ojeo no sé bien buscando qué. En la biblioteca de la Universidad Nacional, por ejemplo, había un volumen (solo uno, aunque eran varios) de sus viajes por el inframundo que era un obsequio (aclarado en una nota a mano) de unos seguidores de su doctrina radicados en Chile o Bolivia. Lo malo es que son unos libros aburridísimos. Menos mal que un viejo argentino ciego los leyó por todos nosotros.