Resultó ser un orzuelo, aflicción común que no había sufrido desde la adolescencia. Se cura con pañitos de agua tibia, literalmente. Una enfermedad juvenil indigna de alguien en el nivel de madurez espiritual y psicomotriz que certifican las nuevas canas en mi barba. Estas son más centradas y vistosas que la primera que tuve y hace tres meses perdí tras una afeitada desafortunada. Dos canas, oficialmente. Aunque podrían ser tres o incluso cuatro si entrecierro los ojos lo suficiente y le meto convicción. Por favor entiendan: la iluminación en estos tiempos cínicos y descreídos pende de las apariencias no importa la sabiduría. No estoy desesperado, pero si la vaina no mejora por sí sola en unos meses tendré que recurrir (no sin algo de vergüenza) al agua oxigenada.