Los paños de agua tibia no arreglan nada pero consuelan, que es una forma de sanación simbólica no sin mérito.

De camino al colegio, en el bus, la niña me explica que no basta con ponerse una sábana encima para ser un verdadero fantasma, lo esencial es primero estar muerto. Ahora pienso que tal vez me lo explicó en el cuarto, mientras me vestía.

En el chat del trabajo alguien habla largamente de los beneficios de una dieta balanceada acompañada de ejercicio y cómo esta receta infalible lo curó de sus problemas cardiacos. Iba a escribir conversatorio en lugar de chat pero me contuve. Merezco un premio o algo.

De regreso, en otro bus, oigo música y leo artículos de prensa. Llovía. No me mojé gracias a mi fiel sombrilla robada en el metro de Seúl.

Ya en la casa, después de comer, leo un rato sobre variables instrumentales y modelos de causalidad, un negocio que más que estadística parece a veces filosofía aplicada (bajo el cual intuyo un marco categórico por desenterrar). Entiendo (un decir) apenas lo básico muy básico y me imagino diagramas pero ya estoy aburrido más que cansado, así que miro al techo un rato corto y sopeso el dolor actual en el ojo. Me convenzo de que ha de ser menor que ayer y procedo a contemplar una nueva dosis de paños tibios para que no digan que no me someto al régimen impuesto por la médica. A esa delusión de que estoy mejor la llamo consuelo. Se vive mejor sumergido en eso.