Creí que ya los había olvidado pero seguían donde quiera que están, así que por decencia o conmiseración vuelvo: de nuevo reporto desde el conservatorio, donde el tumulto nos ha desplazado hacia una banca abullonada casi a la entrada; el hielo de afuera alcanza a colarse entre la ropa y muy probablemente nunca logre calentar los pies en lo que queda del día. Después de esto creo que vamos para un concierto de esos infantiles que la orquesta sinfónica organiza cada tantos sábados. Aunque duran apenas una hora usualmente logro montar una siesta sólida de unos treinta minutos que es bendita: nada mejor que un descanso general bajo música estruendosa. No sé qué nos depare el insondable destino a la salida más allá del frío. Tal vez algo de comida. Los malos horarios de los cursos de música nos tienen comiendo a deshoras los fines de semana. En compensación la hija parece avanzar a buen ritmo en el piano.