Pequeña actualización antes de cerrar el domingo: hoy la niña descubrió que alcanza sin ayuda en la piscina (llevaba probablemente meses con la estatura adecuada, pero no se atrevía) y este descubrimiento desencadenó veinte minutos intensos de redescubrimiento de las posibilidades del agua (más pequeña, en London, la pasaba mejor en la piscina cuando íbamos juntos casi a diario). Yo la miraba entre maravillado y aterrado desde el borde, con los músculos tensionados en caso de que fuera necesario saltar pues el profesor no daba abasto para sus tres aprendices. De vuelta en la casa tomé una siesta. Almorzamos etíope, lo que es siempre un placer.