Anoche me acosté temprano, como a las once y media, y en consecuencia estaba despierto a las cuatro, así que me levanté y leí artículos un rato. Ninguno digno de mención. Nos embolatamos en el desayuno y tuvimos que agarrar taxi para venir al conservatorio, desde donde ahora escribo.

Esta semana nos zampamos Dark, la serie alemana de Netflix. Durante el festival de cine fui a ver los primeros dos capítulos y quedé intrigado pero también preocupado por sus similaridades superficiales, al menos al nivel de premisa, con Stranger Things. Pero esas dudas se resuelven rápido en los siguientes capítulos, donde Dark se impone consistentemente en casi cualquier punto de intersección ya sea argumental o de contexto (son en realidad escasos). A su cierre quedé con la sensación de haber encontrado algo nuevo y sabrosamente macabro, lo que es difícil en ese ambiente televisivo tan dado a encariñarse con esquemas y repetirlos hasta la tortura. Dark avanza firme y cierra su primera temporada con fuerza, sin dependencias en guiños obvios, nostalgias falsas y complacencias infantilizantes, y construye un mundo fantástico propio y exigente abundante en extrañeza que se siente sólido tanto en lo narrativo como en lo estilístico (y sobre el que por lo pronto construye un comentario largo sobre el costo (duro) de las responsabilidades). Junto a The Leftovers es de lo mejor que vi este año.