Por fin llegaron las gafas. Siento que me veo más serio. Las anteriores me suavizaban las facciones. Este apego a mi espíritu naturalmente bondadoso no me convenía, ya que por motivos laborales necesito sostener una apariencia de hombre agudo, rotundo, severo y resuelto (cualidades estas que se evalúan más que nada en la mirada). De lo contrario se diluye la fachada de autoridad incuestionable que es esencial para mi carrera. Debí adoptar unas gafas como estas hace muchos años. Cambian mi relación con el mundo. Tal vez mi vida sería otra. De afeitarme, podría pasar por gerente de un banco cripto-digital o chef experimental. Preservo la barba para sugerir que no por ello pierdo mi nostalgia de revolución, aunque sé que esa fue la primera causa que abandoné. Ser es parecer.