Ayer me dio curiosidad entender cómo estaba implementada una librería de R que uso ocasionalmente y decidí revisar su código fuente. Descubrí que al fondo de una interfaz de usuario muy currada había una función escrita en Fortran 90 imposible de leer en la que en realidad transcurría toda la lógica del algoritmo que me importaba. Con ese descubrimiento se derrumbó mi intención de adaptar la funcionalidad a Python, donde últimamente vivo más a gusto. En algún punto de mi vida este encuentro habría desencadenado una intención (destinada al fracaso y la frustración) de aprender ese lenguaje arcaico. Ahora simplemente lo dejo ir: conozco mejor los límites de mi disciplina y mi voluntad. También valoro más mi (poco) tiempo.