Todo enero leímos Tintín por las noches, diez páginas por día. Durante el viaje a España compramos un pedazo (semi-aleatorio) de la colección. Por ejemplo, tenemos la dupla que empieza en El Secreto del Unicornio, y también la que se inicia con Las Siete Bolas de Cristal y termina con El Templo del Sol. Ahora leemos Tintín en El Tibet y cerraremos con Vuelo 714 para Sídney, que fue el primero que recuerdo haber leído con mi papá en un paseo a Tolú.

Me impresionó de El Templo del Sol la cantidad de animales que Tintín mata. Se bajan un cóndor de Los Andes, también una anaconda inmensa y finalmente una decena de cocodrilos gigantescos. Todos sin la menor culpa. Como con el racismo de Pippi Calzaslargas, he tenido que editar la lectura para reducir el tono desagradable al respecto de los nativos y también anular esa forma de hablar a punta de infinitivos que les endilgan. Se supone que El Templo del Sol ya hace parte de la fase progresista de Hergé, cuando se burlaba del sentido de superioridad europeo, pero aún así me incomodan muchos supuestos colonialistas y racistas que siguen en el trasfondo y se alcanzan a filtrar en la perspectiva desde la que se cuenta la historia. Vivir por acá lo vuelve a uno sensible con todo eso.