Terminé ayer en una actividad de la universidad en la que proyectaban dos episodios de Viaje a las Estrellas: La Nueva Generación y después había un conversatorio sobre los dilemas éticos que los episodios trataban. En un episodio Picard intenta demostrar que Data merece derecho a oponerse a ser desmontado para que estudien su funcionamiento, y en el segundo Data concibe a una hija y debe confrontar a la federación para preservarla junto a él. Al final del episodio, tras un ataque de pánico producido por la amenaza de una separación, la hija muere.

El moderador propuso preguntas sobre la naturaleza de la relación que los humanos deberían entablar con una futura inteligencia artificial y sugirió que algún tipo de relación de parentesco podría darnos pistas, por ejemplo la paternidad. Varios de los presentes intentaron desmontar esa propuesta pero a mí me gusta. Creo que captura dos puntos esenciales de los problemas morales alrededor de nuestro trato con posibles máquinas pensantes.

El primero es la forma como debemos tratar a esas entidades y el segundo cómo guiar su configuración ética. La paternidad exige un compromiso hacia el hijo de protección y educación en un proceso de desapego gradual, concediendo independencia a medida que el desarrollo avanza. Y en paralelo implica (¿exige?) un trabajo constante de transmisión de valores y principios: queremos que los hijos aprecien lo que apreciamos, que sean sensibles y respetuosos, que valoren a las otras personas y no sean agresivos, que se defiendan y sepan defender, que no persigan lo espurio, que no se vuelvan esclavistas o asesinos en masa. Supongo que algo similar correspondería en la situación hipotética que se planteaba en el conversatorio (aunque a mí todo eso de la inteligencia artificial como un asunto inminente cada vez me suena más absurdo).

Pensaba por otro lado esta tarde, mientras me comía una mandarina celebratoria del año nuevo chino, en el apego que tengo a ese sabor y esas texturas y el viaje sencillo que me permiten hacia los paseos a Pacho con mis abuelos cuando era niño. Pensaba, más precisamente, que uno como papá debería dedicarle tiempo a llenar a los hijos de sensaciones placenteras que sean fáciles de repetir no importa dónde estén (o si vivimos o no) y que más adelante puedan usar para conjurar, en caso de necesidad, las felicidades sólidas que se acumulan en la infancia. Pocas mejores que esas.