Como hay problemas para comer practicamos una versión recurrente de ese juego del avión donde (en nuestro caso) los habitantes de una ciudad (o tal vez una base militar, en ediciones más recientes) quieren explorar una cueva articulada a las afueras y envían un helicóptero tras otro pero todos desaparecen misteriosamente una vez se adentran en la oscuridad. Mientras la boca se cierra hago los respectivos gritos de pánico (y quizás más adelante dolor) de la tripulación e inmediatamente preparo una nueva misión de rescate (por necesidad trágica) para entender qué fue de las anteriores. Ayer por la mañana lo hacíamos con un plato de corn flakes que bajaba a ritmo lento y de pronto, al tercer o cuarto helicóptero, la hija no aguantó la risa cuando empezaron los gritos de los (siempre aguerridos) tripulantes y terminamos todos bañados en una explosión de leche, banano y hojuelas de maíz a medio mascar. El juego ha sido cancelado hasta nueva orden.