En mi juventud tuve la fantasía de encerrar a Stephen Hawking en un baño del instituto Newton en Cambridge, donde jamás lo encontrarían. Después actualicé la fantasía y el encierro tenía lugar en el Perimeter Institute en Waterloo. Ahora que ha muerto tendré que desistir.

En mi infancia su vida era una inspiración que también servía en ocasiones como cuento de terror. Más adelante fue reinterpretada como historia romántica, pero esa película no la vi.

Hawking fue nuestro Joseph Merrick, el freak sabio traicionado por la biología que (actualizado de acuerdo a las angustias e ilusiones de esta época) fue adecuado con extensiones robóticas para persistir en mente pese a la paulatina disolución de su cuerpo.

Creo que nunca entendí bien cuáles fueron sus aportes a la física.