Caminata esta madrugada junto al río, por la muralla, que ahora se extiende casi hasta la carretera. Seis señores abrían botella en una banca para arrancar la rumba con el amanecer. Los vendedores de pescado se rehusan a formalizarse: prefieren sus puestos improvisados en la calle al espacio bajo techo que la alcaldía les ofreció. Ahora quieren mandarlos a otro lado: un mercado en obra junto a un viejo mercado en obra que nunca terminaron. Intentan ser otros, como en todas partes. Y cuesta. Del otro lado del centro, una marea de motos ahora plenamente democratizadas domina la calle.

El pueblo está construido como un fuerte que lo defiende de los elementos y el clima: murallas, pretiles altos, castilletes, casas de maderas eternas. El río es tanto sustento como amenaza. El calor y la humedad aceleran la corrosión. Las inundaciones limpian. Nada resiste aunque todo persiste.

Esta tarde, de regreso a la casa tras un día entero nadando en piscina y mar, vi a lo lejos a unos niños practicando taekwondo en el balcón contra el río. Alguna vez fui uno de esos niños. Me acerqué, y quien lideraba la clase era mi mismo profesor de hace treinta años, casi enteramente preservado.