Hay un barrio de invasión llamado Buenos Aires cuyo asentamiento fue coordinado por un político que también a su manera coordina ahora desde el otro margen la construcción de unas viviendas de interés social justo al lado. De esta forma engrosa eso que llaman su capital político. Queda junto a la plaza de mercado abandonada a medias que es vecina de la nueva plaza de mercado en construcción de la que hablaba más abajo. Así es el progreso en el pueblo, así se impulsa. Confinado a la isla delineada por la ciénaga, el pueblo crece con dificultad, se hincha, podría decirse, mediante tentáculos que cada vez le tienen menos respeto al fango figurado y literal. Más que avanzar el pueblo se expande y contiene cada vez más versiones de sí mismo apiladas unas sobre las otras en la confusión consiguiente. Ahora hay supermercados relucientes donde venden papa criolla, curuba y bocachico del Vietnam (la hidroeléctrica de Urrá extinguió al bocachico del Sinú), puestos de hamburguesas, ciclorrutas y pequeños parques que, al limitar el lente, podrían estar en Medellín, Ginebra o Nueva York, pero también subsisten los mismos restaurantes paisas de carretera al borde de la ruina donde sirven el mondongo sobre las mismas mesas y las mismas sillas de sus versiones de hace treinta años, cuando eran la única opción para comer afuera. Igual con las casas, los negocios del mercado, la presión del agua, la calidad del servició de energía, el estado de las calles y en últimas con la gente. Las pobrezas de ahora conviven con las de antes. Y lo mismo las riquezas, en sustratos que demarcan abolengos, astucias y tradiciones. Cada cual se establece con nuevas anclas y cada ancla arrastra su versión congelada del mundo. El pueblo deviene en un cúmulo de hiatos.