Los bogotanos, al cruzarse, usan una sonrisa para indicar que están del mismo lado. Es una sonrisa plácida que sueltan sin mucho esfuerzo en interacciones incluso breves. La sonrisa sugiere complicidad o tal vez respaldo. No es una sonrisa entrenada de cortesía ni una forzada de servicio. Es sincera y matizada. Indica familiaridad o empatía, y no se enseña en la crianza sino que se adquiere con el tiempo, en el diario reventar. Sirve entre otras como puerta a la posibilidad de hablar y conectar, algo a lo que se entregan con gusto en cualquier tipo de situación una vez alguien da el paso, en especial cuando la conversación aleja y difumina las incomodidades e inconveniencias naturales de una ciudad a medias, permanentemente en obras entre un estado y otro, de difícil navegar. Bogotá resulta ser, bajo su ruido, un lugar agresivo de gente cordial donde muchos, en medio de sus vidas saturadas y de pronto para compensar, parecen siempre dispuestos a tomar una pausa, bajar defensas, y hablar de verdad.