Cuando el bogotano detecta presencias laterales o posteriores por debajo de cierta distancia (a mis ojos exagerada), salta. O al menos da un giro brusco para evaluar la naturaleza de la amenaza. Existe una zona, entre por ahí los 120 y los 240 grados con respecto al frente (quizás incluso más amplia), donde las alarmas se disparan. En la calle, la evasión y el sobrepaso requieren tomar esta variable en consideración, así como la espera compartida de un bus, o el cambio de un semáforo para cruzar. La cercanía física en espacios públicos al aire libre, aunque sea circunstancial y accidental, es entendida como agresión. En lugares cerrados esta prevención es menor, pero por pura costumbre se sostiene (dentro de lo posible) la práctica de mantener distancia. Así administran sus confianzas.