Si el pasado es la memoria el fantasma es por necesidad interno; una entidad cuya existencia depende de la capacidad de recobrar ausencias de aquellos que la perciben. En otras palabras, el fantasma se manifiesta en respuesta a nostalgias o remordimientos en lugar de despertarlos, y como reside en los intersticios del olvido su apariencia es quebrada, ahogada, tejida con desvelos.

Conjurar a un fantasma es confrontar un pasado tal vez perdido, tal vez negado. Su gemir angustioso y reiterado es la exigencia de un recuerdo o, lo que es lo mismo, un reconocimiento. Admitir al fantasma, sin embargo, no lo aniquila. La única alternativa es reconciliarse con su eternidad. Un fantasma, una vez presente, es también inevitable. Una historia con fantasmas nunca termina.

Las violencias nos llenaron de fantasmas que aún no aprendemos a admitir. No asimilamos su presencia porque esto implicaría (en parte) asumir responsabilidades en su confección. No tenemos palabras para hablar de ellos: les arrancamos sus nombres. También montamos sistemas de evasión mediante barreras institucionales entre los eventos y sus consecuencias. Los aislamos bajo leyes que formalicen el dolor para atenuar su escala. Delineamos narrativas que culpen, exculpen y demarquen límites arbitrarios entre ambos mundos. Expandimos el espanto hasta que cubra el aire, y entonces, asfixiados, lo habitamos.