En el pueblo se acaba el burro, lo remplaza la moto, que es más noble y ruidosa y tiene más prestigio porque amenaza. Nadie mata ni se mata en un burro.

Dice mi mamá que el burro se acaba porque los chinos lo compran al por mayor y lo enfrascan en contenedores hacia el Pacífico para preparar con sus entrañas o tal vez sus huesos no sé qué gelatina milagrosa que lo cura todo. Una medicina tradicional ahora industrializada arrasa con un nueve por ciento de la población mundial de burros cada año. En la versión conspirativa de esta historia, China masifica y abarata motos para propiciar el intercambio. Sea como sea, los burros se acaban.

Este año, durante la versión número treinta y uno del festival nacional del burro de San Antero, vi pocos burros de paso a Cispata. Algunas calles estaban cerradas y contemplamos esperar lo que parecía un inminente desfile de burros disfrazados de La Niña Mencha, un personaje que jamás ha sido (con justicia) superado por el imaginario local. La calor no lo permitió. Más tarde nos enteramos de que ese día no había burros sino tal vez personas disfrazadas de burro o comparsas de madera para honrar a los burros (muy posiblemente sobre motos), algo que no sé si con intención daba la apariencia de un entierro colectivo, o una fase más de la transformación del burro (como símbolo nostálgico de una forma caduca de vivir) en ritual o leyenda.