Anoche leía las columnas de Elena Ferrante en The Guardian. Hay una sobre su renuencia a usar puntos suspensivos donde dice:

My decision didn’t have anything to do with writing, and maybe not even with ellipses; it had to do with the very idea of suspension. Sometimes we’re silent to keep the peace, sometimes out of self-interest, knowing we shouldn’t speak or everything will be ruined. But more often we’re silent out of fear, out of complicity. Silence can be criticised, but it has the virtue of being a clear choice. It’s when we decide to break it, to speak, that we have to get to the end without slipping away, without the convenience of ellipses.

Me recordó una época cuando escribía diálogos en los que las oraciones eran mutiladas no por la ausencia de palabras, miedo o falta de compromiso sino porque el intercambio era marcado por interrupciones y se adaptaba por ende a un modo (o eso quería creer) que permitía transmitir el mensaje entre los interlocutores sin jamás conceder ideas plenas, con un plano implícito donde todo se clausuraba a la larga, sin necesidad de un cierre formal, siempre tan abrupto y rotundo.

También pienso que esa maña de la conversación basada en incompleteces nació de mi evasión, más que todo por pereza, de los detalles. Así podía proseguir sin claridad y delegar la responsabilidad de los vacíos a los otros. Siempre he hecho eso de alguna forma.