Lugares de los que llaman para robarme: Papua Nueva Guinea, Kaafu, Somalia, Burundi, Tonga, Comoros y, a veces, Ottawa. Alcanzo a ilusionarme cuando leo su proveniencia en la pantalla del teléfono. Imagino la aventura. Son llamadas perdidas por diseño; apenas repican un par de veces antes de colgar. Tres o cuatro al día. La tentación de responder, de atravesar la distancia y entender la razón de la pérdida, sostiene el negocio. Ni siquiera necesitan hablar.