Disfruto levantarme, leer un rato en la sala bajo la luz callada de la madrugada (hoy sigo con Solnit en un ensayo sobre el cierre de la juventud y las vidas que se configuraban entre las ruinas de las ciudades perdidas que me recuerda la vista de la carcasa vacía del San Juan de Dios en Bogotá desde lo alto de un viejo convento devenido en refugio de ancianos abandonados), consentir a los gatos, jugar con la gata, moler el café, calentar el agua, fundir el café en agua caliente en la aeropress, preparar una omelette para L., la mezcla de olores en la cocina mientras la leche se calienta, mezclar la leche y el café en un recipiente de vidrio y después servirlos hecho uno en tres tazas mientras un huevo frito está en la cacerola y las tostadas encajadas y a punto de saltar para bienvenir el nuevo día. Mi pequeño (y voluble) ritual. De los pocos que me concedo.