Ayer por la noche, no muy lejos de la casa, alguien disparó indiscriminadamente contra personas en restaurantes, cafés y bares sobre The Danforth, una avenida central del lado oriental de la ciudad que concentra todo tipo de negocios. Por lo pronto tres personas, incluyendo el pistolero, han muerto. Las otras dos son una mujer de dieciocho años y una niña de diez. Hay bastantes heridos. En un video en línea se le ve caminar, detenerse y apuntar hacia adentro de un local. Se escuchan dos disparos. El giro es mecánico (robótico). No hay pausa. Me intriga el gesto. Es como si al ejecutarlo evitara (o esquivara) la reflexión. Un movimiento predeterminado y autoimpuesto, descontextualizado, tal vez para facilitar el acto al abstraerlo y abstraerse (para no permitirse ver, para prevenir la consideración). Viste enteramente de negro, es alto y delgado, lleva una gorra del mismo color y una mochila a juego donde, supongo, guardaba sus proveedores. Si entendí bien su recorrido, pasó frente a nuestro restaurante griego de confianza. Disparaba contra las vitrinas y continuaba su marcha. Cada tanto cruzaba la calle y proseguía.