No sé cómo el colegio organizó una especie de retiro a mediados de 1994 en una casita de Cajicá con un letrero que decía “Shalom” a la entrada. La primera actividad, tras explicarnos el significado y proveniencia de la palabra “shalom”, fue un intercambio de zapatos (para ponerse en el lugar del otro) en el que (enteramente en el lugar del otro) me atormentaba la suerte de aquel a quien correspondieran mis botas nauseabundas.

La segunda actividad no la recuerdo. La tercera sí, porque fue la más larga: uno de los organizadores, un hombre joven pero a mis ojos no tan joven, de voz portentosa y ceja firme, arrancó un monólogo que para mí duró cerca de una hora en el que nos contó a detalle cómo tuvo durante muchos años una relación destructiva con las mujeres que lo hacía verlas a todas como agujeros a ser penetrados (recuerdo los gestos con las manos que enfatizaban el sentimiento). Durante esos años, confesaba, maltrató a muchas personas y más adelante empezó a hacerse daño a sí mismo para compensar o algo así. Creo que se declaró alcohólico. Finalmente terminó en esta especie de grupo de oración que organizaba los retiros y ahí, con ellos, encontró un camino para salir de esa fase de su vida y perdurar.

La historia tenía un final edificante pero era sobre todo una advertencia en últimas valiosa y hasta vanguardista sobre la prevalencia tóxica de la misoginia y un llamado a la compasión como principio, se me hace. En ese momento creo que no tenía las referencias ni experiencias para apreciarlo, pero incluso así me impresionó el impulso del monólogo. Era especial.

En varias vidas paralelas probablemente nunca supe qué fue de él, pero en esta que nos corresponde lo sé, porque dos años más tarde algún día de desparche lo reconocí contando cuentos en La Perola, el evento semanal de cuenteros de la universidad nacional. En ese momento no lo sabía pero el misógino redimido criptocristiano resultó ser un tal Jorge Navarro, capo de esa rosca y, en mi opinión de absoluto inexperto en la materia, una de las personas que definió la cadencia y tono del cuentero bogotano noventero de la misma forma que el cantante de 1280 Almas determinó cómo y a qué ritmo se cantaba lo que quiera que fuera eso que ellos sonaban.

Como la cuentería se me hacía sucia, igual que el teatro y en general cualquier actividad que involucrara muchedumbre y gritos, no lo vi muchas veces, pero más adelante un primo se hizo amigo de amigos de Navarro y a través de él a veces me enteraba de sus andanzas. Por ahí supe por ejemplo que al parecer su redención se le había complicado. No sé, sin embargo, si era estudiante de la universidad o un diletante. Y menos sé cómo seguía la historia de su camino. Lo que sí sé, porque fue noticia, es que una noche de 1998 después de una rumba un bus se lo llevó cruzando la carrera treinta frente la universidad y ahí quedó tirado. Estaba borracho.

Como esto fue antes del google y el youtube no encontré ni una foto ni un video de sus cuentos. Por ahí aparecen menciones de su nombre en las biografías de otros cuenteros todavía activos, donde usualmente es descrito como un mentor o un maestro. Como sea, todavía hoy puedo recuperar fragmentos más o menos sólidos de la sensación de oírlo atormentado contarnos, de pie en el medio de la sala de esa casita de Cajicá, que había sido horrible y ya no quería serlo. Ecos de fantasmas que uno lleva adentro.