Ya octubre. Se alcanza a sentir el cierre del año en el aire frío y las capas de ropa que se acumulan para contrarrestarlo. Llevo ya casi un mes enseñándole a leer en español a la hija. Avanza bien. Al principio me impacientaba pero ya aprendí a llevarle el ritmo. Para este momento ya conocía las letras así que el problema no es reconocerlas sino cómo leerlas en conjunto. Eso hace más fácil la tarea y seguimos el Nacho Lee con rigor. Lo difícil es competir con la lectura en inglés que aprende en paralelo en el colegio. El inglés y el español se aprenden a leer de formas radicalmente opuestas y es tentador, para ella, transferir estrategias de un lado al otro. También empezamos a usar las regletas clásicas para aprender aritmética sin mucho método más allá de memorizar los colores y empezar a jugar. Esos ejercicios le encantan y los hace sin esfuerzo y con bastante gusto por ratos largos. Se me hace que se parecen a los ejercicios de piano. La lectura es, claro, más exigente. Esta semana por las noches, antes de dormir, estamos leyendo juntos un libro por primera vez. Elegimos uno de Isol cortito y vamos palabra a palabra. Es bien lindo.