Hoy estuve en una de esas actividades empresariales de formación en manejo de gente, la primera de una serie de cuatro que tendremos durante este mes. Desde principio de este año esa se volvió una fracción de lo que hago (tengo a mi cargo tres personas que serán cuatro a partir del lunes, además de un montón de trabajo coordinando con otros equipos) y creo que cada vez valoro más a quienes hacen eso bien, en parte porque me parece difícil, malagradecido y desgastante. Total es que aunque le tengo pereza a esas sesiones de entrenamiento corporativo esta resultó edificante y hasta iluminadora. Parte del éxito de la sesión es que la gente que contrataron hizo con juicio la tarea de entender la organización antes de montar el taller. Otra cosa que me pareció valiosa es que son personas con experiencia en empresas tecnológicas y saben bajar los conceptos generales medio nebulosos que son frecuentes en esos asuntos a un nivel concreto, realizable y familiar. Vuelven la vaina sensata. Me puso a pensar en las estrategias con las que lidio, medio a la buena de Dios, con mis líos internos y mis crisis. También en la forma como han evolucionado (o involucionado, en algunos casos) mis relaciones personales. Cuando son bien planteadas, todas esas aproximaciones a la administración de equipos y organizaciones (dentro del capitalismo; pero incluso fuera, se me hace) se vuelven en últimas observaciones sobre lo complicadas que son las personas y cómo tomar en cuenta todo eso al establecer relaciones de trabajo provechosas con ellas sin enloquecerse y sin enloquecerlas. Creo que es la primera vez que asisto a algo así sin sentir al final del día que fueron ocho horas desperdiciadas. Hasta tomé notas.