Soy malo para sostener la atención con dedicación. Cuando lo logro llego a eso a punta de imponerme restricciones y cortar de lleno con diferentes actividades que, en principio, podrían parecer inanes, como leer periódicos, además de adoptar rutinas rigurosas. Es un estado muy frágil que a su vez me promueve el tipo de angustias que por otro lado también procuro mantener bajo control. No he logrado encontrar en ese espectro intermedio el punto satisfactorio que me permita concentrarme en lo que quiero hacer sin que eso implique sufrimiento por el riesgo constante de perder lo alcanzado. Lo más parecido a eso es no pensar mucho y aprovechar los breves momentos de fluidez circunstancial, ya desde la consciencia de que nunca habrá nada mejor que eso.