Esta semana leí Bad Blood, el libro de John Carreyrou sobre Theranos, la compañía de Silicon Valley que se presentaba como una revolución en los exámenes de sangre (una gota para hacer miles de pruebas automáticas en un aparato pequeño) y resultó ser, tras casi quince años de secretos y promesas, una montaña de patrañas sin sustento técnico. Es una historia de mentiras, tretas, agresiones e intrigas que ilustra, en su versión más monstruosa, el tipo de dinámicas tóxicas que incentiva la cultura de los capitalistas del riesgo y sus exigencias de crecimiento exponencial. En versiones atenuadas, estas son frecuentes en todo el ecosistema de start-ups. El villano del libro es Elizabeth Holmes, la gerente y fundadora de la empresa, una persona joven, inteligente y ambiciosa que, tal vez ante la incapacidad de concretar su sueño, recurre a todo tipo de maniobras sucias para preservar su imagen exitosa. No pude dejar de pensar que en el trasfondo del drama y el terror hay una historia dura sobre la forma como ella afronta internamente las presiones y expectativas que ella misma genera. Más que maldad, leo tormento y decepción en su armatoste de falsedades. Es importante, por pura salud mental colectiva, proponer reflexiones más amplias e intensas sobre el sistema de valores que engendra a personas como ella y su empresa fallida.