Ayer por la noche murió mi abuela Luz. Llevaba varios años en un sopor ausente, atrapada en un cuerpo cada vez más frágil y minúsculo. La vi por última vez antes de que eso pasara, hace varios años, en casa de mi papá. Junto a ella era más fácil llevar sus explosiones maniacas. No siento que nos conociéramos bien pero teníamos una complicidad agradable, de risas, juegos, abrazos, largas charlas y encuentros esporádicos en Cali o Bogotá. Me llamaba Javier Arturo, a dos nombres, y le sonaba cariñoso. En Cali la recuerdo en la cocina haciendo arepas cada mañana, en la floristería con sus arreglos, en piyama frente a la casa el día del terremoto de Popayán, y sentada a mi lado en la plaza de toros. También la recuerdo, todo muy difuso, de fiesta, y el fin de año de rumba bestial que todos fuimos a Cali con la conciencia de que sería el último que tendríamos con nosotros a su hija menor, Estela, que murió antes de cumplir sus treinta. Era una paisa de ojos grandes que le gustaba verse elegante, bien peinada, arreglada. También era una jugadora despiadada de parqués y juegos de cartas. Malhablada a conveniencia, tenía una intuición natural para el azar.