Rango Finito

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Se dictaminó que el cono persiste por una semana más. La recuperación sigue su curso, pero la doctora prefiere mantener una actitud cauta para prevenir lesiones. La gata lo lleva con la dignidad que le alcanza y lo contonea para ampliar su mundo mientras camina. Para compensar le damos comida especial. Mientras escribo esto descansa en mi pierna.

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La gata lleva una semana de cono tras la operación para esterilizarla. Su nuevo nombre es Campanita. Estuve el fin de semana pensando cuál sería el equivalente psicológico a esa sensación de llevar un cono. El cono limita el alcance pero incluso (y especialmente) el campo de visión. El mundo se cierra y la vida se confina a una perspectiva controlada que además de alguna forma dificulta la introspección y el baño. Esto último debe ser lo más difícil.

Y hablando del baño, tras dos semanas de vida plena y feliz, el tamagochi murió ayer desatendido y sepultado bajo su propia mierda.

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Disfruto levantarme, leer un rato en la sala bajo la luz callada de la madrugada (hoy sigo con Solnit en un ensayo sobre el cierre de la juventud y las vidas que se configuraban entre las ruinas de las ciudades perdidas que me recuerda la vista de la carcasa vacía del San Juan de Dios en Bogotá desde lo alto de un viejo convento devenido en refugio de ancianos abandonados), consentir a los gatos, jugar con la gata, moler el café, calentar el agua, fundir el café en agua caliente en la aeropress, preparar una omelette para L., la mezcla de olores en la cocina mientras la leche se calienta, mezclar la leche y el café en un recipiente de vidrio y después servirlos hecho uno en tres tazas mientras un huevo frito está en la cacerola y las tostadas encajadas y a punto de saltar para bienvenir el nuevo día. Mi pequeño (y voluble) ritual. De los pocos que me concedo.

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Lugares de los que llaman para robarme: Papua Nueva Guinea, Kaafu, Somalia, Burundi, Tonga, Comoros y, a veces, Ottawa. Alcanzo a ilusionarme cuando leo su proveniencia en la pantalla del teléfono. Imagino la aventura. Son llamadas perdidas por diseño; apenas repican un par de veces antes de colgar. Tres o cuatro al día. La tentación de responder, de atravesar la distancia y entender la razón de la pérdida, sostiene el negocio. Ni siquiera necesitan hablar.

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Seis años de hija. Lo mejor que me ha pasado en la vida.

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Algo que pensé mientras leía The Outsider, de Stephen King: lo sobrenatural es una explicación latente. No es renuencia o negación, sino la alternativa ahora inaceptable aunque tal vez preferible cuando los postulados que sostienen la realidad colectiva entran en contradicción. Esto puede ser debido a límites de la percepción pero también a nuestros grados de libertad autoimpuestos, o a las debilidades de la mente (¿o la cultura?) y su necesidad fisiológica de entender y estructurar de acuerdo a parámetros simples. Los verdaderos monstruos aprovechan nuestra resistencia a concebirlos, a concederles presencia, para servir de cauce a sus barbaries. Son poderosos porque no creemos en ellos (o en lo que están dispuestos a hacer). Nunca los vemos llegar. Somos su principal coartada.

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Creo que ya cumplí diez años de salir del postgrado. Arranqué en 2001 y en diciembre de 2005 empecé una pausa en España que duró dos años y medio. Durante el segundo semestre de 2007 retomé y en 2008 saqué la vaina por fin. Fue una buena experiencia en general, enriquecedora, iluminadora, pero en cuanto a lo que importaba me quedé sin entusiasmo a la mitad; me empezó a saber a nada. Creo que nunca logré recuperar el gusto por esas pesquisas de abstracciones tan solitarias. La enseñanza, eso sí, nunca la he dejado de apreciar. Y la matemática como campo de conocimiento, como parque para pasear y entretenerse, me sigue pareciendo emocionante. Tal vez no debí haber continuado pero tampoco había alternativas claras y terminar me dejaba en un lugar más cómodo para buscar oficio. Igual costó a la larga, aunque creo que más que nada por razones emocionales, por orgullos, por expectativas y exigencias propias. A esos años formativos les debo bastante de lo que soy ahora.

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Anoche empezamos a ver Westworld después de meses de conversaciones con Daragh (cada vez más entusiasta) al respecto. Me gusta mucho esa perspectiva que empieza a ser explícita a partir del capítulo tres o algo así sobre el valor de la memoria y especialmente de la memoria dolorosa, de lo que se pierde cuando se renuncia a recordar. Los anfitriones son más reales cuando son expuestos a una experiencia traumática, sugiere uno de los huéspedes, pero la experiencia es inmediatamente negada por el sistema del parque. Que la consciencia surja de permitir que fragmentos de estas sensaciones subsistan por error, así sea atenuadas y difuminadas, es una idea inspiradora. Tiene sentido.

10

You Were Never Really Here es la presencia de Phoenix hecho inmenso y cómo su mirada muerta canaliza lo que no se ve, lo que pasa sin registro. La mirada muerta, cansada de incomprender, acumula y concentra la desolación que marca el paso de la película (llena de tomas estáticas y paisajes urbanos congelados) al ritmo de canciones viejas y música incidental quebrada, fuera de tono, de cuerdas reventadas y caídas súbitas, en concordancia al estado fragmentado del personaje que, tal y como el título sugiere, nunca está completamente ahí.

9

Desde el domingo vamos a la piscina una hora cada día. No sé cuánto aguantemos (aguante) a este ritmo. Creo que sumando la bicicleta y esto nunca había hecho tanta actividad física regularmente en mi vida. No me imagino cómo será eso de ir al gimnasio a diario.

Pero bueno, a lo que iba: ayer la hija nadó un trecho más largo de lo usual de un solo golpe, sacó la cabeza del agua y dijo en mi brazos, más para ella que para mí, “That was awesome!”.

Yo con el orgullo paternal al máximo, obvio.

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Hoy estuve leyendo sobre procesos de Mondrian mientras esperaba resultados de algunos cálculos. Son una especie de familia proyectiva de distribuciones de probabilidad de árboles k-dimensionales. Los usan para armar bosques aleatorios que se puedan extender naturalmente cuando llegan nuevos datos (sin necesidad de re-entrenar con el conjunto de datos acumulado entero) y aparentemente son bastante competitivos en ese aspecto (un asunto del que sé poquísimo, por lo demás) y comparables en desempeño a bosques aleatorios clásicos cuando se entrena con el conjunto de datos entero. Creo que hablaré algo sobre eso el viernes en el seminario del equipo.

7

No entiendo bajo qué estado mental los protagonistas de A Quiet Place resuelven quedar embarazados en medio de semejantes circunstancias. Sospecho que además el sistema parasimpático se encargaría de reducir fertilidad al mínimo dada la angustia constante. De resto muy buena.

6

Después de todos estos años seguirán otros que también serán estos. Al menos ya no los lamento.

En el parque ayer temprano había una mujer que hacía ejercicio con una espada china larga y flexible de penacho rojo en el mango, reluciente. Estoy seguro de que eso es ilegal pero por otro lado la señora no parecía un peligro para la comunidad, así que le permití expresarse libremente. Además en algunos años seguro que todo eso le será útil si sobrevive a los primeros días.

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Anoche leía las columnas de Elena Ferrante en The Guardian. Hay una sobre su renuencia a usar puntos suspensivos donde dice:

My decision didn’t have anything to do with writing, and maybe not even with ellipses; it had to do with the very idea of suspension. Sometimes we’re silent to keep the peace, sometimes out of self-interest, knowing we shouldn’t speak or everything will be ruined. But more often we’re silent out of fear, out of complicity. Silence can be criticised, but it has the virtue of being a clear choice. It’s when we decide to break it, to speak, that we have to get to the end without slipping away, without the convenience of ellipses.

Me recordó una época cuando escribía diálogos en los que las oraciones eran mutiladas no por la ausencia de palabras, miedo o falta de compromiso sino porque el intercambio era marcado por interrupciones y se adaptaba por ende a un modo (o eso quería creer) que permitía transmitir el mensaje entre los interlocutores sin jamás conceder ideas plenas, con un plano implícito donde todo se clausuraba a la larga, sin necesidad de un cierre formal, siempre tan abrupto y rotundo.

También pienso que esa maña de la conversación basada en incompleteces nació de mi evasión, más que todo por pereza, de los detalles. Así podía proseguir sin claridad y delegar la responsabilidad de los vacíos a los otros. Siempre he hecho eso de alguna forma.

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Se ve mejor la vida así.