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Luz

Ayer por la noche murió mi abuela Luz. Llevaba varios años en un sopor ausente, atrapada en un cuerpo cada vez más frágil y minúsculo. La vi por última vez antes de que eso pasara, hace varios años, en casa de mi papá. Junto a ella era más fácil llevar sus explosiones maniacas. No siento que nos conociéramos bien pero teníamos una complicidad agradable, de risas, juegos, abrazos, largas charlas y encuentros esporádicos en Cali o Bogotá. Me llamaba Javier Arturo, a dos nombres, y le sonaba cariñoso. En Cali la recuerdo en la cocina haciendo arepas cada mañana, en la floristería con sus arreglos, en piyama frente a la casa el día del terremoto de Popayán, y sentada a mi lado en la plaza de toros. También la recuerdo, todo muy difuso, de fiesta, y el fin de año de rumba bestial que todos fuimos a Cali con la conciencia de que sería el último que tendríamos con nosotros a su hija menor, Estela, que murió antes de cumplir sus treinta. Era una paisa de ojos grandes que le gustaba verse elegante, bien peinada, arreglada. También era una jugadora despiadada de parqués y juegos de cartas. Malhablada a conveniencia, tenía una intuición natural para el azar.

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Mi mamá llegó ayer. Cada año viene al menos una vez a pasar tiempo con Laia. Se la llevan bien. Es lindo y gracioso verlas conversar y entenderse desde los mundos tan distintos en los que viven. Me recuerda mi relación con mi abuela y lo mucho que aprendí de tenerla cerca. Me hace falta mi abuela. Creo que hasta envidio un algo a Laia por tener abuelas para hablar.

Jueves

Dos abuelas sin su nieto duermen en la sala de mi casa. Una de las dos presenció con impotencia su partida. A la otra todavía le cuesta creer que no haya podido conocerlo. Hoy Mauricio Arturo cumpliría una semana de nacido. Habríamos ido con él a la estación de tren a recibir a mi mamá. Seguramente dormiría en este momento junto a mí. Hablaría, en esta entrada, del ritmo de su respiración y de sus gestos mientras duerme. Describiría sus manos. Mónica duerme a mi lado. Tiene la piyama que se puso en el hospital. Hace una semana regresé muy cansado a la casa más o menos a esta hora. Era el hombre más feliz de este planeta.