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Acreditaciones

Durante los últimos años la academia y sus burocracias han promovido la idea de que pueden ser medidas y juzgadas por indicadores basados en números de artículos, patentes, acumulación de títulos y similares. Es la forma establecida para determinar quién merece respeto, ascenso o puesto. Recuerdo que en una discusión hace un par de años en este blog sobre el rumbo de la comunidad científica nacional un reluciente y joven investigador colombiano en Estados Unidos corrió a buscar mis exiguos números de publicaciones para ponerme en mi sitio por atrevido con la contundencia que merecía. Es una báscula que pocos cuestionan. Por eso los planes estatales de desarrollo científico se describen (con simpleza pasmosa) en números brutos de doctores y factores de impacto.

La pila de escándalos alrededor de Natalia Springer ilustra bien varias de las formas en las que estos méritos son tremendamente débiles como indicadores de aptitud. De cierta forma, Springer se apoyó en la fragilidad de ese sistema de acreditaciones para ascender y adquirir los contactos que necesitaba para establecer su empresa de confección de estudios vagos y pomposos de alto presupuesto. Eso sumado a un apellido correcto abre muchas puertas en las altas esferas. Springer es un producto natural de esa academia con complejo de competencia deportiva.

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Dibujo de Springer Von Schwarzenberg Consulting Services

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Un artículo sobre el problema de cubrir como periodista los ires y venires de los resultados en ciencia médica:

Still, is there a way that journalists could do this better? How should I have covered the latest resveratrol study? Should we switch to a more explanatory, wiki-like model, so that a single study’s results are more fully contextualized? Should we be writing stories about batches of studies — maybe the last 10 studies of resveratrol, as opposed to the single newest one? Are headlines the real problem?

Estas preguntas son claves: la forma como se desarrolla el conocimiento médico se basa en la fortaleza de los resultados de series (largas) de estudios (con cada giro contribuyendo a la comprensión del fenómeno) y el periodismo científico en cambio se concentra en el reporte estudios puntuales que, sin perspectiva apropiada, pueden promover conclusiones a la larga dudosas. Esto, por cierto, también aplica al desarrollo científico en general: los breakthrough conclusivos son pocos. El progreso es, por diseño, lento y escéptico. El vaivén de resultados y contrarresultados en el que la ciencia se sostiene (¡está en el centro de su metodología!) es incompatible con la ansiedad periodística de producir titulares contundentes. Lo más triste es que los mismos científicos (convertidos en ejecutivos de la industria académica) ahora también contribuyen al juego alimentando la prensa con anuncios desbordados cuando no flagrantemente mentirosos para ganar o sostener patrocinios y, en la medida de lo posible, convertirse en farándula.

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Recuerdo que la introducción del determinante en el curso de álgebra lineal que tomé en la universidad me pareció artificiosa. Nunca entendí del todo por qué ese procedimiento recursivo tan complicado y medio salido de la nada tenía esas propiedades tan agradables. O tal vez sí lo entendí, pero a fuerza de darle vueltas y vueltas más adelante en muchos contextos diferentes. Hace poco mencioné mi incomodidad con los determinantes en Twitter y Federico Ardila me respondió con un enlace a este artículo de Sheldon Axler escrito en 1994 donde ofrece una aproximación muy agradable a varios resultados importantes de álgebra lineal sin recurrir a determinantes. Fluye muy bien. Al final define el determinante como el producto (contando multiplicidades) de los valores propios, lo que se siente muchísimo más apropiado.

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Al respecto del dato de ayer (que yo me apresuré a leer como machismo puro y duro), John Goodrick dejó en los comentarios un enlace a este artículo donde se observa que la amplitud de las brechas entre hombres y mujeres en los resultados de Pisa de matemática y lectura están inversamente relacionadas. O sea: donde hay más ventaja de los hombres sobre las mujeres en matemática la ventaja es estrecha entre las mujeres y los hombres en lectura (como en Colombia) y también al revés. ¿Por qué pasará eso?

Adenda: Olvidé mencionar que el artículo también correlaciona la amplitud de las brechas con índices de igualdad de género (reforzando un poco más la teoría del machismo como factor.)

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Santiago Ortiz sugirió ayer que revisara las diferencias en resultados de Pisa discriminando por mes de nacimiento para ver si pasa algo parecido a lo que describe Gladwell en Outliers. Esta mañana me levanté intrigado y armé esto:

mesdenacimiento

Una mirada rápida parece sugerir que en Colombia no hay ventaja debida al mes de nacimiento. Sin embargo Santiago, que es curtido en estos asuntos de visualizar, me sugirió que lo ordenara arrancando en julio y terminando en junio. Obtuve esto:

meses-julio

¿Ven el salto?

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Me gustaría explorar la posibilidad de armar una publicación en línea para público general que haga “periodismo de datos” (concepto en desarrollo) en español sobre asuntos sociales y políticos del mundo hispanohablante (o latinoamericano — o tal vez solo colombiano para empezar). La idea, muy escuetamente, sería ofrecer reportajes a fondo, bien editados y bien escritos (amenos, entretenidos, con alma) donde la narrativa estuviera parcialmente guiada por la existencia de bases de datos que ofrecieran alguna perspectiva particular sobre un tema (de coyuntura o no) y el contraste crítico entre los análisis de los datos (y la misma existencia de los datos) y las realidades que pretenden describir/comprimir (lo que implicaría además hacer reportería seria hablando con gente y demás, de eso que ya casi no se hace). De paso podría ser una buena plataforma para promover la liberación de bancos de datos públicos en nuestros países. Como sea, un proyecto con semejante ambición necesitaría plata pues dependería de infraestructura y un equipo de personas muy competentes. Durante el próximo año de pronto revise cómo se podría financiar y organizar algo así. Si tienen sugerencias al respecto las recibo en los comentarios.

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No conocía PSPP, la alternativa libre a SPSS. Útil.

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Ya es hora de que acepte que “la academia” no es para mí: tenemos prioridades y valores distintos. Me da pesar porque me gusta enseñar y hablar de matemática, pero supongo que haga lo que haga con mi vida siempre aparecerán otros espacios para enseñar y aprender ojalá más compatibles con lo que soy (o no soy).

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Me contó Nicolás que en estos días de ventiscas heladas entró a la tienda una mujer colombiana huyendo del frío. Dijo que disculparan pero no entraba a comprar nada sino solo a escampar del hielo y ahí mismo se puso a llorar.

Canales hacia afuera

Una nota en la New Yorker matizando la ola de críticas y cuestionamientos recientes a “la ciencia” (e.g., en el último The Economist) y aclarando que esas críticas nacen justo al mismo tiempo que varias iniciativas para corregir los problemas que señalan. Clave esto casi al final:

[W]hat science really needs is greater enthusiasm for those people who are willing to invest the time to try to sort the truth from hype and bring that to the public. Academic science does far too little to encourage such voices.

Culto a la ecuación

La columna de hoy reseña un pequeño artículo sobre el impacto positivo (a ojos de semi-profanos) de intromisiones matemáticas (no necesariamente pertinentes) en artículos académicos. Esta reacción intimidada/complaciente ante la ecuación incomprensible se puede explicar como una consecuencia de la relación acrítica con el discurso científico que algunas veces los mismos científicos promueven (o al menos no contienen). Puede ser matemática como puede ser neurociencia. En otras ocasiones he hablado acá en el blog de la importancia de que los científicos (como comunidad, tal vez) tomen en sus manos la divulgación de su trabajo. Este ejercicio de divulgación directa acerca a la gente a la labor científica y le permite ganar perspectiva sobre su funcionamiento y metodologías. Aunque el discurso publicitario efectivo tal vez sea útil en el corto plazo para conseguir fondos, a la ciencia como empresa humana no le conviene ser a largo plazo indistinguible de la charlatanería pseudocientífica que abunda. La mejor manera de combatir esta tendencia es acercar los científicos a la gente y promover el cuestionamiento de su propio trabajo. No se trata de que todos se conviertan en expertos sino de que se difunda una comprensión mínima de las dinámicas de la ciencia y su valor difuso de verdad (que hace que la duda sea su principio esencial). La fuerza de la ciencia, de cierta manera, radica en exponer abiertamente sus limitaciones. Depender de un periodismo cada vez en peor estado y ansioso de espectacularidad vendible que le permita competir con los flujos de las redes sociales no parece una apuesta sensata.

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Ernesto Sabato, que antes de dedicarse a la literatura estudió física, tiene un ensayo sobre la oscuridad científica como herramienta de dominación al que vuelvo recurrentemente desde hace tiempo. Sus observaciones hechas en 1955 son todavía vigentes hoy. Para cerrar, un aparte:

La raíz de esta falacia reside en que nuestra civilización está dominada por la cantidad y ha terminado por parecernos que lo único real es lo cuantitativo, siendo lo demás pura y engañosa ilusión de nuestros sentidos. Pero como la ley matemática confiere poder, todos creyeron que los matemáticos y los físicos tenían la clave de la realidad. Y los adoraron. Tanto más cuanto menos los entendían.

Científicos postergados

La columna de hoy trata sobre la incertidumbre laboral que define la vida del científico joven hoy en día. Luis Noriega y Clara Osorio me ayudaron a afinarla y reducir mi tendencia al alarmismo apocalíptico. Su título, una propuesta de Luis, es una referencia al cuento del brujo postergado de Borges. Muy apropiado. El sistema basado en contratos temporales flotantes fuerza a muchas personas talentosas a dejar la disciplina y es un desperdicio de recursos y entrenamiento en general. Esto contradice el discurso sobre la prioridad de la ciencia, la educación y la tecnología en el contexto económico actual. ¿Si es tan prioritario por qué tanto desperdicio? En las jerarquías científicas más altas hay mucha gente con buena voluntad pero también hay mucho cinismo y mezquindad alrededor. Es fácil dejarse tentar por la mano de obra barata que con tanto entusiasmo ofrecen los aprendices y los “postaprendices”. La vocación científica tiene una buena carga de pasión. Hay muchísimas promesas implícitas falsas y poquísima claridad con los muchachos que apenas inician sus carreras. Alguien en twitter me dice que mi columna es un plagio/traducción de este artículo de The Economist. Hay montones de artículos sobre eso en todas partes (recibo enlaces a otros en los comentarios). Supongo que es una estudiante que no ha llegado al momento de su vida profesional donde uno descubre esos problemas sin necesidad de leer revistas. En mi caso personal, la decisión de abandonar las aspiraciones académicas fue motivada principalmente por mi deseo de estar con Mónica y ver crecer a mis hijos. Me cansé de estar lejos y frustrado con lo que hacía. Ahora cuido a la chiquita y cuando tengo tiempo escribo, estudio matemática, y miro mis opciones laborales sin afán. Mónica, por su parte, persiste en sus investigaciones con mucha disciplina. Es muy productiva. A veces es duro y la presión es grandísima pero disfruta lo que hace y es buena en ello. Las condiciones laborales nos preocupan pero nos hemos acomodado y vivimos como queremos vivir, no nos podemos quejar. Algo aparecerá después. Así funciona. Cuando deje de funcionar supongo que buscaremos algo distinto. Afuera de la academia hay bastantes cosas. En últimas, como me dijo Clara ayer, uno trabaja en lo que le dé trabajo.

Sublimación

Elizabeth Short antes y después.

A la teoría de la ficción no le interesa la ficción. A duras penas la entiende y pocas veces (¿nunca?) la enriquece. Le preocupan otras cosas. Su papel es, más que nada, adecuar la ficción a los requerimientos que permitan que sea impartida y departida como tema respetable dentro del medio académico establecido. Hay personas a las que esto les parece importante. Probablemente genera flujos de plata y acelera el posicionamiento político de los ungidos. Para lograrlo, se valen de la creación y desarrollo de un lenguaje y un discurso privado y solemne (que en los mejores casos es vacuo y en los peores es incomprensible) dentro del cual la ficción es sistemáticamente malinterpretada, descontextualizada, hiperreferenciada y mutilada para luego ser abandonada irreconocible en un potrero, así. A eso se le llama apreciación crítica. Algunos lo equiparan a leer de verdad.

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Martes (¡Calcio!)

Primero la base histórica: el 17 de febrero de 1530, la ciudad de Florencia, bajo el sitio imperial español impuesto en colaboración con el Papa, burla las reglas impuestas por Carlos V (que impedían, entre otras cosas, la celebración del carnaval) con la organización de un partido de calcio, ese deporte de pelota de la familia del cuju, tradicional en la región y asociado principalmente con las ferias y el entrenamiento para la guerra. El imperio, desde las afueras de la ciudad, dispara cañonazos contra la plaza de la Santa Cruz, donde discurre la partida, para amedrentar a los republicanos envalentonados, pero el juego nunca se detiene. No se sabe cómo terminó el partido, pero se sabe que la ciudad de Florencia recuperó ese día la moral perdida y resistió valiente el sitio por muchos meses más. Esa es la historia.

Pero las historias son sólo historias. El pasado es una cosa, una incomodidad perceptual propia de sociedades de individuos con suficientes conexiones neuronales, y la historia es otra. La historia, como la veo yo, es una herramienta que sirve a un propósito dentro de un contexto. Permite, por ejemplo, establecer un precedente que a su vez sirva para alcanzar un objetivo futuro, o al menos defender un honor, un símbolo, o simplemente la nostalgia (i.e., el derecho agridulce a creer que fuimos). La fortaleza de las historias que componen la historia no se mide en la constatación empírica porque el pasado no existe, no está, es opaco, etereo, disperso y basado en documentos que son, también, parte de ese juego de versiones en el que se debate el establecimiento de la historia, así que sólo queda el debate, generalmente dentro del hermetismo académico, tan solemne, que es como una justa por el derecho a decretar la verdad de manera local basada en el acuerdo puntual entre dos o más individuos en un ambiente cerrado y controlado donde, por un instante, la certeza difusa se manifiesta, a ojos de los presentes, pura y plena. El proceso es recurrente. La historia, esa herramienta para iluminar lo que somos, es el debate reiterativo e imperfecto de la misma historia.

Y entonces, claro, todo vale y todo es cierto (dentro de cierto contexto). Y puede pasar, ¿por qué no?, ¿por qué dudar?, que tras el partido histórico de calcio del 17 de febrero los españoles rabiosos, desesperados, ofendidos por la insolencia republicana, hayan retado a los florentinos a un partido de calcio (uno singular e irrepetible) que decidiera la suerte de la ciudad. Y puede pasar que esta sea una historia perdida en la historia; una anécdota relatada en sus memorias, entre otros, por un joven español que algún día viajaría a América para fundar la ciudad donde nací, sólo para que cuatrocientos y algo años más tarde resurgiera, en manos de un erudito italiano-judío refugiado en la Inglaterra de la postguerra, para dirimir de una vez por todas una de las disputas más importantes (todas lo son) de nuestra era.

Martes

Despierto a las 6:30. Vagabundeo más de la cuenta por la mañana. Como algo antes de salir. El tren es rápido, no lo siento. En Aldershot, una estación de tren rodeada de autopistas (casi que la definición de contrasentido), debo esperar cincuenta minutos hasta que llegue el bus que me lleva a la universidad. No hay información en ninguna parte sobre el sistema de pago. En la ventanilla una señora-robot me explica que debo pagar ahí, pero luego de comprar el tiquete de ida y vuelta descubro que no hay manera de que pueda regresar en bus a tiempo. De la estación a la universidad hay diez minutos. En el paradero de la universidad no hay mapas. No encuentro ningún mapa. Camino y camino y no hay mapas. Absurdo. Llevo el iPhone de Mónica conmigo, así que busco un mapa del campus pero no me ayuda, porque sólo tengo las iniciales del edificio que busco: HH. Para mi sorpresa, aunque parece que esa identificación por siglas es común, hay al menos cinco edificios en la universidad con esas iniciales. Me declaro perdido justo al frente de Hamilton Hall. Decido entrar. El recibidor está lleno de tableros. Tiene que ser ahí.

La charla salió muy bien. Les gustó. Creo que la disfrutaron. A mí también me gustó, aunque debo confesar que estoy cansado de hablar de esos resultados. Como sea, creo que presenta el tema de una manera efectiva y redonda. En Lorica, cuando era niño, mis compañeros de colegio utilizaban la palabra “efectivo” como los bogotanos usan la palabra “chévere”. Nunca la pude adoptar sin sentirme idiota. Luego de la charla hablé un rato con Patrick y Deirdre. También hablé con Eduardo, a quien no veía hace unos 12 años y que milagrosamente me reconoció. Yo tardé un rato en ubicarlo: tomamos juntos un curso de teoría de modelos en la universidad con Xavier Caicedo. Eduardo era estudiante de los Andes. Ahora termina un postdoc en Waterloo. Trabaja en grupos geométricos y low dimensional topology. La última vez que vi a Patrick fue durante mi visita en Waterloo, en enero de 2010. Acababa de enterarme de que estábamos embarazados de Mauricio. Patrick no sabía lo que había pasado y me preguntó por el niño. Creo que a la gente le choca que diga que “he died” en lugar de usar el eufemismo común “passed away”. “He died” suena mucho más drástico y duro. “Passed away” me suena a negación. También le hablé a Eduardo de la muerte de Mauricio. Es muy difícil hablar de (pensar en) mi situación actual sin mencionar eso. Está ahí, en el centro.

Así se ve el semáforo en la esquina cuando me quito las gafas: