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agua

Gotas y nieve

Agua

El fin de semana nos inscribimos al YMCA del centro de la ciudad para poder usar la piscina con Laia. Hay actividades para bebés en la piscina todos los días, usualmente por las mañanas. Planeamos ir tres veces por semana. Hoy fue nuestra primera vez.

Antes habíamos bañado a Laia en la tina del baño pero esto es distinto. Mónica está asustada. Yo llevo a la niña cargada. Cuando bajo las escaleras Laia no parece sorprendida. La incomoda flotar de espaldas incluso si nos ve la cara. Hay otras personas con sus hijos pero no hay parejas como nosotros. Salvo por dos mujeres, no parece que se conocieran entre ellos. La piscina se parcela y cada cual usa su propio lote de agua. Poca interacción. Laia persigue una pelota de caucho azul. El propósito de las actividades que propone la coordinadora es acostumbrar al niño al contacto con el agua. Hacemos varios de los ejercicios. Algunos niños parecen muy avanzados aunque son apenas un par de meses mayores que Laia.

Al verlas jugar en el agua me recuerdo (falsamente) en la misma situación, aunque tal vez mayor, en Melgar, Pacho o Cali. Siento el peso del bucle que se cierra y la responsabilidad y el privilegio que tenemos.

Uno de los ejercicios consiste en hundir a la niña en el agua y sacarla de inmediato. La primera vez es traumática. Entra agua por la boca y sale por la nariz. Arranca el llanto. La calmo con la pelota. La segunda vez entiende mejor lo que pasa y no parece incómoda. El ejercicio es tanto para ella como para nosotros. Le enseñamos el mundo para que se vaya. Aprendemos a dejarla ir.

Comunión

Estamos ahí para sentir que compartimos algo. Una mujer se sienta junto a mí en el mirador. Me pregunta cuántas semanas tiene la niña. La vida de Laia todavía se mide así. Yo también la mido así. A veces cuento los días.

Una familia serbia (tienen que ser serbios) cruza la avenida y sube como puede al parque para tomarse una foto sobre la estatua en honor a Tesla, que mira el agua desde lo alto de un motor gigante de corriente alterna. En la cima de la ladera de museos oportunistas, comidas rápidas y paseos “en 4D” sobre cualquier cosa vacía concebible hay un mini-golf de dinosaurios con un volcán de plástico que estalla en llamas cada veinte minutos. Una mujer en el Starbucks con una camiseta de súper héroes no sabe qué comprar y finalmente, desesperada, agarra una taza souvenir que dice Niagara Falls y paga doce dólares por ella. Los recuerdos tienen precio. Un foto-montaje con las cataratas congeladas atrás en modo idílico sobre-saturado de atardecer otoñal cuesta quince dólares. Las mujeres sonríen fácil cuando ven a la bebé. Estiman su edad de acuerdo al tamaño. Nos felicitan. Parecen felices por nosotros. Las calles están atestadas de turistas y probablemente todos quieren (queremos), en el fondo, huir de ahí. Pero todos resisten. Los sostiene el ruido del agua, o su visión, o ambos. En un panfleto leí que en 50.000 años las cataratas del Niágara dejarán de existir. Queda poco tiempo.

Cuando fuimos por primera vez Mauricio acababa de nacer y morir. Conocer las cataratas era el sueño de niñez de mi mamá así que sacamos fuerzas y fuimos en tren, con escala de una tarde y una noche en Toronto. Recuerdo muy poco de esa visita. Estábamos muy tristes. Llovía. Hacía frío y el malecón junto a las cataratas estaba casi vacío. Tomamos el barco que se hunde en la herradura de caídas y gritamos, creo que de rabia o de resistencia a la resignación, cuando el barco se detuvo al borde del abismo inverso y todo era agua y rugido alrededor. Se sintió bien, tranquilo. Era como si no fuéramos nada. Una vez María Lucía me contó que en Japón dicen que los Jizo ayudan a los niños muertos a cruzar el río Sanzu cuando sus papás no pueden acompañarlos. Seguro que ese río más que correr cae. A la salida, mi mamá compró llaveros para todos en el pueblo y luego almorzamos en un local de Wendy’s lleno de pájaros hambrientos.

El río Niágara tiene una vida breve: nace en el lago Erie, bifurca, se reunifica en las caídas y corre revitalizado hacia el norte hasta fundirse en el lago Ontario. Mide 58 kilómetros (no sé si cuentan las alas de la bifurcación). Luego de visitar las cataratas y hastiarnos de la oferta de trampas turísticas fuimos hasta su desembocadura, en el pueblo de Niagara on the Lake. Ahí, junto a la playa Mississauga, al lado de un viejo fuerte, cinco adolescentes se bañaban junto a un muro de piedras cúbicas que sostiene la costa en su lugar. Salieron del agua cuando el sol empezó a caer. Les tomé una foto mientras se secaban. Laia parecía maravillada con el sol.

Támesis

Ayer vi a un señor comiendo pizza en el río. Cruzaba el puente de camino al centro y lo vi parado en una piedra en la mitad del río: un hombre con tatuajes, barba y gorra, con un pedazo de pizza en la mano. No sé cómo hizo para llegar ahí. Miraba la corriente desolada y comía. Hace unas semanas, cuando Santiago estuvo de visita, paramos en ese mismo puente a ver los bancos de peces. Había cientos de todos los tamaños en pausa bajo el puente dentro de su travesía primaveral contra la corriente. A unos quinientos metros del puente hay un dique que impide que continúen su viaje (que cierren su ciclo), pero eso los peces no lo saben, así que nadan hasta el dique e intentan escalar la caída de agua, usualmente sin éxito, con el propósito instintivo de volver al paraíso oxigenado donde nacieron sus antepasados.

Ventana

Niágara