Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

aislamiento

Bobby Fischer Against The World

La columna del sábado pasado fue desencadenada por este documental tristísimo sobre la vida de Bobby Fischer. La historia de la renuncia de Fischer me recordó que hacía años que quería escribir algo sobre el viaje de Grothendieck a Vietnam. En realidad pensaba en un texto más extenso, pero la columna era una buena oportunidad para retomar la historia así fuera en un formato breve. Al igual que Grothendieck, Fischer creció aislado del mundo, atrapado en su obsesión. Desde los ocho años jugaba más o menos profesionalmente. También como Grothendieck, abandonó la práctica de su pasión en la cima: acababa de vencer a Spassky en Islandia por el campeonato mundial de ajedrez después de veintiún partidas accidentadas. Fischer era una persona frágil y sus inseguridades, más que motivaciones políticas (las cuales adoptó tarde y no para bien), lo llevaron a escapar del éxito que había alcanzado y esencialmente autodestruirse. La presión de la exposición pública lo aniquiló. A diferencia de Grothendieck, su desaparición no fue voluntaria ni el producto de nuevas búsquedas vitales. Fischer quería escapar porque el miedo a la derrota lo atormentaba. En esa huída se perdió.

Black Hole

Una enfermedad de transmisión sexual prevalente en adolescentes convierte a sus portadores en monstruos. Algunos ganan apéndices o protuberancias, otros reciben hendiduras supurantes. Son mutaciones inofensivas pero contundentes. No hay dos iguales. Los infectados con deformidades discretas se camuflan entre la población sana. Aquellos con manifestaciones particularmente visibles son discriminados y repudiados y se ocultan en las montañas alrededor de la ciudad. Llaman a su refugio Planeta Xeno. Fuman marihuana, toman cerveza, hablan, se apoyan. Tarde o temprano todos caen. La enfermedad los singulariza. Los vuelve alguien al precio (costoso) de expulsarlos de la manada uniforme y cómoda donde la aceptación nunca es un dilema. Cuesta querer y ser querido, adaptarse, encontrar un lugar. No todo el mundo está dispuesto. Requiere tolerancia, comunicación y empatía. Es más seguro sentirse incomprendido y especial así la infección sea la norma general.

deformidades
La enfermedad es la vida.

Fuera del tiempo

Hace treinta años que se murió Philip K. Dick. Cuando uno es así como es uno es fácil sentir complicidad cercanía al leer lo que Dick escribió. Escribió muchas cosas y todo lo que escribió se siente no sólo cercano sino verdadero a un nivel súper primario. Yo lo leo ocasionalmente. No he sido sistemático con él como si he sido con otros autores porque a veces me altera mucho leerlo y no quiero que se me acabe tan rápido para que no se muera de verdad. Lo que Dick dice en todas sus historias es que uno está aquí y lo que está afuera es difuso y difícil de agarrar pero de todas maneras uno trata porque el espíritu humano y ajá. Uno quiere vivir entonces uno no se deja aplastar por la realidad que a veces parece tan elusiva y falsa. Hay mucha miseria y mucho dolor. Hay tedio. Todo es tremendamente confuso. Las personas son muy pequeñas dentro del gran esquema cósmico y así es muy complicado inventarse un propósito perdurable para lo que uno es o representa o lo que sea, pero aún así todos lo intentan con una tosudez brutal. Hay gente que dice que Dick estaba loco pero yo no creo que una persona desequilibrada pueda hacer todo lo que él hizo. A mí me parece que hay personas que tienen esa sensibilidad, que entienden mejor que el resto ciertas cosas muy básicas de lo que somos porque las ven sin esfuerzo. Viven en una perspectiva privilegiada, adelantados o incluso fuera del tiempo. Grothendieck les decía mutantes. No mencionaba a Dick en su lista de dieciocho mutantes pero seguro que si lo hubiera conocido ahí estaría (o de pronto no porque Grothendieck era bien raro). Otra cosa que creo que a Dick le preocupaba era la comunicación con los demás. Que uno pueda decir cosas y quien quiera que lo oiga de verdad reciba lo que uno le dice entre todo el ruido que hay. Y también que le crean, que es todavía más difícil. Dick insistía muchísimo en ese miedo a la desconexión. A veces sugería que había algo intrínseco en las máquinas, en la tecnología y el uso que le dan los que la controlan, que nos aisla cada vez más a los unos de los otros o al menos limita nuestro contacto genuino, sin filtros impuestos por alguien más.

Philip K. Dick
Philip K. Dick cuando no sabía escribir.