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Take Shelter

Take Shelter

Un señor tiene pesadillas vívidas protagonizadas por una tormenta que lo destruirá todo. Las pesadillas son particulares porque perduran durante la vigilia. El señor, con una historia de esquizofrenia en su familia, teme por su salud mental. En particular teme por una crisis que lo aleje para siempre de su mujer y su hija (solitaria en su sordera). Son miedos comprensibles. Sea porque la amenaza de la tormenta es real o sea porque se está volviendo loco, le queda poco tiempo. Por eso su desesperación no es opcional ni atenuable. La única reacción posible es la urgencia absurda por encontrar un refugio para salvarlas. La amenaza es incontrovertible e incomunicable porque abarca instancias de su consciencia que están fuera del alcance del análisis racional. La pregunta no es si el miedo es real sino si la percepción es fiel a lo que pretende representar o si, para ponerlo de otro modo, la realidad es interior o (al menos someramente) compartida. ¿Estamos aislados en nuestras experiencias y sentimientos? No hay respuesta buena a esas preguntas. Nunca. Instintivamente las evadimos porque por fortuna no hay muchos momentos de la vida donde tenga sentido preguntarse si todos estamos sintonizados en el mismo canal, pero si un momento así llega (Dios nos guarde) la única respuesta sensata (?) es una especie de confianza frágil en que la maquinaria que sostiene el cosmos sea suficientemente consistente (o misericordiosa) como para asegurar la existencia de una sola vivencia a la vez local y amplia que permita conectar lo que somos con lo que son y sienten los demás.

La luna en los almendros

La luna en los almendros, de Gerardo Meneses Claros, es una novela sobre dos niños en el campo profundo colombiano (cuasi-selvático) inmersos en (el rumor de) la guerra. Los niños no son ingenuos ni (como es tradición en el género) viven engañados en una realidad paralela fantasiosa creada por sus papás para protegerlos. Ven cuadrillas de la guerrilla y patrullas militares cruzar el caserío donde queda su escuela. A veces hablan con ellos. Tal vez desconocen la naturaleza de la guerra, pero los hombres armados son parte de su vida diaria, lo que no quiere decir que sean insensibles a la violencia: entienden la amenaza o al menos el riesgo; saben que las balas matan y que hay cosas de las que es mejor no hablar. El marco de la historia, sin embargo, no es la guerra sino (para contrastar) la vida bucólica infantil idealizada que perderán cuando el rumor explote. En los intermedios que separan los encuentros in crescendo con la guerra, los niños juegan en el campo y se sorprenden tal vez con demasiada frecuencia de la belleza natural que los rodea. Esta extrañeza recurrente ante lo cotidiano (los atardeceres, la luna, los animales, la lluvia) es incómoda en parte porque el narrador (aunque de estilo normativamente literario y sobre-lírico por momentos) pretende ser uno de los protagonistas (i.e., un niño campesino de unos diez años). En suma la novela, pese a la trama agridulce, siempre va sobre seguro y, sin ser abiertamente política, tiene un propósito pedagógico de conscientización/denuncia buenista casi explícito, lo que siempre es apreciado por el establecimiento cultural nacional. La luna en los almendros ganó en 2011 el premio de literatura infantil El Barco de Vapor – Bibioteca Luis Ángel Arango. Fue uno de los libros que nos trajo mi mamá cuando vino a recibir a Laia. Ayer por la noche la leímos en la cama.