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Alergia

No me acuerdo qué era lo que quería escribir cuando abrí el computador con el propósito de escribir algo que se me había ocurrido. A veces toma segundos perder por completo una idea que sonaba prometedora. Esto me hace dudar, claro, de su promesa. En estado idea todo suena mejor que al intentar concretar. En algún momento, en medio del proceso de hacerlo real, se disuelve el entusiasmo al contacto con el aire. Ayer intercambié mensajes con Nadya, lo que siempre me deja de buen ánimo. Ella me manda grabaciones y yo devuelvo párrafos de texto. Así nos entendemos, todo muy moderno. Creo que nunca me sentiría cómodo dejando mensajes de voz largos como los que ella me deja. No sabría explicar por qué. No tengo una buena relación con mi voz. Creo que es algo generacional. Los últimos días un calor majadero se tomó la ciudad pero parece que ya mañana se va y regresan las temperaturas que permiten el desarrollo de la vida. El otoño contiene los mejores días del año en cuanto a eso en general. Ojalá que no lo perdamos con los cambios del clima.

A raíz de la rinitis crónica que cargo desde la infancia mi médica recomendó tomar un examen de alergias así que el lunes fui a que me lo hicieran. Resulté alérgico a los bichos que cabalgan el polvo y también, en menor medida, a las cucarachas. La primera alergia siempre la había sospechado y la segunda me parece apropiada. Me recuerda una masacre de cucarachas que ejecuté en el apartamento de Barcelona el día que descubrí que había un nido dentro del motor de nuestra licuadora y a punta de golpes del motor contra el mesón con la mano izquierda las hice salir por decenas mientras con la mano derecha, usando copiosas toallas de papel, las aplastaba antes de que pudieran huir. Una escena horrible, de pesadilla. Ahora pienso que además estuve cerca de un shock anafiláctico de carambola. Habría sido un gran cierre para ese espectáculo grotesco. Maté cientos.

Tronos

Daragh hizo en su blog una revisión minuciosa del estado de Game of Thrones al borde de una nueva (¿penúltima?) temporada. De paso comparte algunas de sus teorías conspiratorias sobre lo que está por llegar.

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Esta es la última semana de George en el trabajo. Trabajamos un año y medio juntos en varios proyectos difíciles intentando organizar el banco de datos de la empresa y montando un sistema eficiente de tuberías para extraer información. A principios de septiembre se irá a buscar sus orígenes del otro lado del atlántico. O a reencontrarse. O a descubrir el amor. O a reinventarse. No sabe muy bien lo que quiere pero siente que necesita un tiempo lejos de Toronto. George me enseñó todo lo poco que sé sobre desarrollo de software, especialmente en lo que respecta al cuidado y la disciplina alrededor de la construcción metódica del código tanto a nivel global como al nivel sintáctico local al borde de lo obsesivo; lecciones valiosísimas para un programador novato como yo, con tendencia al desorden y la improvisación. Probablemente George es uno de los mejores maestros que he tenido. Y también un buen amigo.

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Mis compañeros del trabajo son personas jóvenes, en sus veinte, que apenas empiezan sus carreras y vidas. Son muchachos alegres y curiosos que han tenido vidas mayoritariamente buenas. He aprendido a apreciar su presencia y en medio de mi torpeza me he integrado al grupo. En poco tiempo he hecho varios nuevos buenos amigos, algunos de ellos diez o quince años menores que yo. No sé bien cómo me verán. Me sorprende mucho todavía todo el cariño que recibo de ellos. Es agradable trabajar con personas así de generosas.

20

Mañana nos vamos de aventura por quince días a cambiar de paisaje. La vida de pueblo es agradable y tranquila pero la soledad y falta de vida de ciudad cansan. Vamos a ver amigos y a hundirnos en multitudes. Tal vez reduzca las palabras acá y compense con fotos. Sigo comprometido a la entrada diaria aunque no sé para qué. Para lo de siempre, me respondo. Laia quiere que le lea libros todo el tiempo. El mismo libro una y otra vez. Cuando se cansa trae otro y lo reemplaza. No sé bien qué le dicen esos cuentos que le leo. Son sencillos. Son las palabras reiterándose hasta que dejan de ser ruido y empiezan a decir algo. En uno de los libros, al final, la mamá le da un beso de buenas noches a la hija y le dice que aunque realmente la cansa ella la quiere de todos modos. La hija le responde que ella también la quiere de todos modos. Así se siente. Es una muy buena descripción de la mecánica de la relación a esta edad. Nos queremos de todos modos, pese a todo, desde una profunda incomprensión mutua.

Cambios

Pronto la niña caminará y saldremos al parque a jugar con las fuentes de agua que activan durante el verano. La luz del sol cada vez es más alta. Los árboles reverdecen y pequeñas flores rompen la nieve. Creo que me he acostumbrado al silencio de los días. La desconexión general ha sido muy agradable. La soledad es tranquila. Cada vez valoro más mi tranquilidad. P., nuestra única amiga en la ciudad, fue despedida de su trabajo como superintendente/administradora del edificio y por ende expulsada del apartamento donde había vivido por ocho años. Le dieron siete días para irse. Lleva una semana viviendo en la casa de su hermana. El domingo nos vimos para desayunar.

Claremont

Después de pasar por Nueva York, Arturo llegó por fin a Claremont, donde estará un rato trabajando en su matemática. Los reportes en el blog sólo mejoran. Aquí un extracto jugoso de esta entrada:

Quiero que conozcas a mi enfermera, es peruana. Perfecto, preséntemela. Mira no te conozco, por eso le sugiero, señora, que cerremos la cocina en la noche con llave para que él no entre a la casa y no se meta a mi cuarto; no te ofendas no es nada personal. No no me ofendo, sólo que yo no me voy a meter a tu cuarto, créeme. Uno nunca sabe, necesito sentirme segura. Pienso: Yo no soy ningún violador de peruanas, no me trate mal vieja hijueputa. Digo: Mira, conmigo no tienes nada que temer porque resulta que soy 100% gay. Falso: las tetas me fascinan, sobre todo las de Valentina, pero no es inteligente decir esto ahora. Pienso: ¿Será que violan a muchas mujeres los machos claremonitas que andan aquí en una paranoía androfóbica inmamabale al punto que conseguir habitación para hombres por acá es tan dificíl? Digo: mira, yo tampoco te conozco, no te ofendas, no es personal, pero si me van encerrar a determinadas horas en mi cuarto, sencillamente, no me interesa.

Sábado (Constatación brutal del presente)

No sé qué clase de libro es este. No sé, ni siquiera, si es un libro o algo más que un libro. En esas estoy. Lo acabo de leer, no por primera vez, no por segunda vez, no por… y no sé qué es esto ni cómo abarcarlo en tres párrafos que le hagan justicia a lo que es o lo que pretende ser (que creo que son lo mismo). Entonces me digo que yo lo vi crecer. Lo leí en intercambios de correos (con propuestas, sugerencias y batallas estilísticas casi a muerte) y en versiones preliminares, y siempre me preguntaba para dónde va Javier con todo esto, qué es lo que nos (me) quiere decir. Y no se puede decir que no conozca a Javier (que es mi amigo, como él aclararía con esa corrección que lo caracteriza) ni que no entienda sus preocupaciones. Son asuntos de los que hemos hablado antes (como en siempre). Es la idea de que la literatura permite disposiciones de información que niegan el tiempo o que lo pervierten pero todavía más: es la idea de que la literatura permite narrativas que se niegan (se refutan (se destrozan)) a sí mismas (o, peor, que todas de alguna manera lo hacen). La Constatación Brutal del Presente es la realidad pero también es la negación violenta de cualquier intento de condensarla. Es el hecho de que el tiempo es en esencia discreto y cada paso (salto cuántico) es una patada salvaje a la cara. Este es un libro muy serio. No es un libro para tomarse a la ligera. No es un libro que se pueda leer en una tarde de tedio ni sentado en un balcón con una copa de vino dulce en la mano ni desinteresadamente en un tren entre el punto A y el punto B, protegido de la tormenta. Es un libro confuso. Es difícil (de leer, de escribir, de digerir, de aceptar). Es intencionalmente desorientador. Es un acto de contorsionismo extremo: la reflexión entera (total (absoluta (definitiva))) sobre sí mismo; la teoría y la práctica de una cierta preocupación por escapar de los esquemas (¿para encontrar qué? ¿para evadir qué? ¿para llegar a dónde?). Yo, que soy católico, creo que esos esquemas existen por una razón pero Javier es entre otras cosas sindicalista (y por ende terco) y siente que son opresivos. Lo entiendo. También cree que no son efectivos (que hay cosas que se quedan por fuera; que la confusión y lo truncado no pueden ser ignorados; que su adopción general artificializa la experiencia). Eso lo entiendo todavía más. Digo Javier y siento que hablo de mí mismo pero no es así. Hablo de Javier, no de javier (que es el otro). Leo Constatación Brutal del Presente por enésima vez y todavía hoy es como si fuera la primera vez. Todavía me pierdo. Me cuesta. Pienso en las maneras como he intentado leer este libro. (1) Como un guión (o un tratamiento de un guión) de una película imposible de filmar porque los actores (no sus personajes) son asesinados en la primera escena. (2) Como un ensayo práctico sobre la narratividad que es incapaz de prosperar (¿de escapar?) por su compulsión de ser consciente de que ocurre. (3) Como una parábola de la vida atenta a la cinta transportadora vacía. (4) Como un homenaje tipo Enrique Vila Matas meets David Lynch meets Сталкер meets David Cronenberg meets Михаи́л Алекса́ндрович Баку́нин meets Raymond Roussel meets… meets 三池 崇史 meets itself (and implodes). (5) Como el primer capítulo del libro al que hace referencia esa secuencia interminable de notas al pie de página que se hace llamar El Lamento de Portnoy. (6) Como un panfleto político para desesperanzados extremistas. (7) Como la no-ficción postapocalíptica pesadillesca que por fin entiende que la idea del final del mundo y del tiempo (que es hoy, ahora mismo (¡suena pólvora afuera para celebrar!)) es precisamente que no queda nada (¡nada!) y por ende probablemente lo que haya por narrar sea tan o más indescriptible que las peores bestias que se ocultan por eones bajo el mar. Pienso, cuando lo cierro —estoy sentado en el balcón con una copa de Pedro Ximénez en la mano ya casi vacía—, en lo que tuvo que pasar para que llegáramos hasta acá (en lo que perdimos, en lo que vimos partir, en lo que dejamos, en lo poco que aprendimos, en los golpes, en el dolor, en la fuerza de vivir). Y en lo que falta por pasar. Creo que ya no tengo miedo. Hago, por precaución, un inventario de lo que llevo en mis bolsillos. Es suficiente. Es apenas lo esencial.

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Martes