Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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amor

He Got Game

Lo que importa no es el juego sino lo que está detrás del juego. Lo que el juego resuelve. Todos quieren un pedazo de la carne de Jesus, de su salvación. Jesus es un artículo que se compra y se vende. Nadie pone en discusión que ese es su destino. El dilema de Jesus no es si venderse sino a quién. Aún así, en su indecisión hay carácter. Jesus quiere que el juego signifique algo más que el juego detrás del juego: fuck the game if it ain’t sayin nuttin. El juego debe ser una herramienta para ascender y escapar de la vida predefinida de los negros, de sus futuros muertos. Jake quería eso para Jesus. Esa era su herencia. Algún día Jesus lo entendería. Jake tiene siete días para ganar su libertad, pero no quiere ser libre. Su condena es justa. No merece el perdón. Jake quisiera regresar en el tiempo y reestablecer lo perdido, pero sabe que eso es imposible. Sólo quedan las enseñanzas del juego y lo que está detrás del juego: la tristeza, el arrepentimiento, los errores, las heridas y el rencor. El hijo perdido en una cancha que crece y se aleja.

There’s something happening here. What it is ain’t exactly clear.

Bestia

Tras la décimo octava víctima, La Bestia decidió hacer una pausa y reflexionar sobre el sentido de su arte. Primera conclusión: el asesinato es una necesidad primaria y precede a cualquier atisbo de análisis moral. Por eso el hombre bueno puede matar. Mientras se preparaba para acostarse, recién duchado después de una larga jornada de limpieza del sótano relleno (literalmente) de fantasmas, se preguntaba en qué punto la intención neutra, la fantasía ansiosa de poseer la vida de otro, se convertía en maldad. En el fondo sabía que era un criminal. Había estudiado la ley. Sabía que su ejecución no era totalmente limpia y había pruebas contra él. Siempre habría pruebas. Pero no eran suficientes. Cualquier implicación era, por lo pronto, circunstancial. Era cuidadoso. Sabía lo que hacía. ¿Lo sabía? Temeroso de crear patrones que lo delataran, había desarrollado un método aleatorio de selección, tratamiento y disposición de sus víctimas y se rendía con disciplina a su voluntad falsa de cálculos y generadores de la ilusión del azar. Ceder el control lo incomodaba, pero temía que su inconsciente lo delatara. También, para qué negarlo, le agradaba pensar que no era él, sino la máquina, quien exigía el sacrificio. Era liberador. Por eso no se opuso ni dudó cuando el programa le ordenó procesar a su hermana, su favorita, la menor, la artista. Era necesario, se dijo. Era su vida o mi paz. La Bestia no odiaba. Tampoco se alimentaba del dolor. Era un asesino compasivo, tranquilo, sin rencores que lo traicionaran. Matar no era placentero, sólo reducía temporalmente la angustia. Sentado en una silla frente a su cama, sin la máscara habitual, le pidió a su hermana que lo entendiera antes de someterla con una dosis de ketamina. Ella lo miró con bondad desde la ausencia, sin reclamos. Cuando sus restos aparecieron en una bodega abandonada, dispuestos en lo que parecía ser parte de un grotesco ritual arcano, lloró asqueado con llanto sincero por teléfono y luego ante el cuerpo agujereado mil veces en la morgue mientras una trabajadora social le daba palmadas inútiles en la espalda y lo intentaba convencer de que, pese a la evidencia, Mariana no había sufrido. Y qué importaba si no había sufrido si ya no estaba. Era la primera vez que podía apreciar su arte desde adentro, desde la condición de víctima impotente. Nunca antes se había permitido algo así. Ser, de alguna manera, el muerto. No sabía cómo reaccionaría. No sabía qué esperar. ¿Ese era el efecto de su arte? ¿La tristeza intransferible del que pierde lo que quiere? ¿La soledad? ¿El vacío? ¿El futuro perdido? ¿Y dónde estaba su recompensa? ¿A quién servía la maldad? ¿De dónde provenía? ¿Por qué tanto dolor? ¿No había bondad en la maldad? ¿No era siempre buena para alguien más? Atormentado, La Bestia decidió darse un tiempo para pensar y reestablecer su vida. Tal vez crear nuevos vínculos con el mundo. Tal vez pintar o escribir. Quería hacer algo realmente hermoso. Quería volver a tener ilusiones y dejar atrás su destino monstruoso. Viviría la vida que Mariana no pudo tener. En el tren hacia Toronto, con la máquina dormida en su maleta, soñó despierto que en la estación lo esperaban el amor, la nieve y el perdón.

芭比3 (Óleo en lienzo), por 黃沛涵. Parte de su serie Fleshy Fairytale.

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Mensaje

Hoy Mauricio me mandó un mensaje. Lo dejó en la calle, a la salida de la estación de tren en Kitchener. Sabía que pasaría por ahí. Sabía que lo vería y lo reconocería. El mensaje decía que estábamos bien, que él nos quería y que vivía dentro de nosotros, en el amor grandísimo que acumulamos durante los pocos días que nos visitó. Pensé en el mensaje todo el día. Intenté entender por qué precisamente hoy. No sé. Pensé en hablarle a mis estudiantes de Mauricio pero me contuve. Quería compartir con ellos algo útil. Decirles que hay felicidad incluso en las tristezas más devastadoras. Pensé en nuestro hijito todo el día como si al pensarlo lo abrazara y lo llevara conmigo. De vuelta a la estación, ya de noche, me paré en el mismo sitio donde recibí el mensaje esta mañana, miré hacia arriba, me quedé parado ahí dos minutos, respirando las nubes, y seguí caminando. No me sentí triste, no esta vez. Me sentí tranquilo. Agradecido, incluso. Lo vi junto a mí. Lo sentí cerca. Por fuera del tiempo pero casi aquí.

Consuelos


Basado en un diálogo de Inframundo.

Love must go on

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Riesgos

¿De verdad está hablando de cachalotes?:

So there is no earthly way of finding out precisely what the whale really looks like. And the only mode in which you can derive even a tolerable idea of his living contour, is by going a whaling yourself; but by so doing, you run no small risk of being eternally stove and sunk by him.

—H. Melville, Moby Dick

Historia de amor número diecisiete (Bosquejo)

Ella le dice que siente que la está dejando ir. Llora. Siempre llora. Más de la cuenta. El le dice que está tranquilo, que todo va a estar bien. Todo va a estar bien, dice él, le toca la cara, y ella lo repite y lo repite en el bus de regreso a su casa, que es una especie de hotel, hasta que en su cabeza deje de sonar como un consuelo y se sienta realidad, que es lo que ella quiere que sea. Creo que nunca deja de llorar, pero cada vez se nota menos. Podríamos indagar, hacer una incisión justo en este punto, donde/cuando todo está tan expuesto, y explorar los órganos internos de esta historia. Contextualizar. Podríamos pero no lo haremos por respeto a la historia. Por respeto a sus particularidades, que son lo que al final les queda, el trofeo por haber sido lo que quisieron ser. Diré apenas que es una historia con muchas canciones antes y después. Es una historia hecha, literalmente, de palabras. Una conversación que, ella sospecha, se prolongó demasiado. Por eso es que entiende y acepta lo que pasó. Todo va a estar bien, repite todavía de vez en cuando, y luego lo ve pasar, a lo lejos, a distancia infranqueable, y siente algo que parece bueno. Es feliz, le diría él.

Gráfico

El tiempo hace lo que puede, pero eso nunca es suficiente para usted. Claro que tengo derecho a sentirme así y usted no es quién para concederme ese derecho. Me sentiría igual con o sin su permiso. Mi consuelo es que ahora al menos sé con cierta precisión cuál es el valor que usted otorga a lo que siento, a lo (poco) que le doy. También tengo claro lo que debo esperar de usted. En una realidad paralela seguro que seguimos siendo felices. En otra realidad paralela todos estamos muertos. ¿Quiere posibilidades? Un día me levanto y siento que esto ya no es para mí así que me esfumo de mi vida y de la suya. Por amor, desaparezco. ¿Otra? Un día me levanto y recuerdo que olvidé algo en la oficina. Es sábado, decido caminar, eso es lo último que recuerdo. Cuando abro los ojos de nuevo estoy en un lugar donde pasé muchos años siendo niño: el hospital donde internaban a mi abuelo luego de cada crisis. Cuando le pregunto al médico por usted el médico me responde que usted ya no está. El médico me pregunta datos básicos sobre mi vida y se sorprende cuando le respondo correctamente, pero hay algo que está mal. El médico no me lo dice, no al principio, pero yo lo sé. Me veo las manos y lo sé. Cuántos años, le pregunto al doctor. Poco a poco recupero la memoria. Me muestran videos de lo que fui, de lo que quedó de mí después del accidente. Accidente. Nadie sabe qué pasó. Usted se cansó de esperar mi regreso. Me dejó una carta para cuando despertara, para cuando volviera a responder correctamente a las preguntas fáciles. En la carta me decía que no sabía si alguna vez leería esa carta pero que de todas maneras la escribía porque sentía que me debía eso. Luego me hablaba del dolor de verme y lo que veía en mis ojos cuando la llamaba por otros nombres. Me listaba los nombres. Me listaba las historias que le había contado de mi vida. Me preguntaba cuántas personas de esas era yo y cuántas me había inventado para complacerla. Me pedía que fuera feliz. Eran cosas que yo debía entender si no es que ya las entendía desde antes. Esa es la duda siempre: tal vez el accidente sólo facilitó lo inevitable. En la carta había una foto de los dos el día que nos conocimos en esa fiesta hace cinco años. Nuestra primera foto juntos. Atrás estaba la fecha. Tengo un juego en el que grafico la distancia entre los dos. Esa fecha marca el tiempo cero. Hablo de distancia en un sentido emocional. Pienso en las veces cuando nos miramos y sabíamos que no había nada que nos separara. Eso pasó. Usted tal vez no lo recuerda pero eso pasó. Y se sentía bien. La línea ondula y cae y vuelve a escalar en pendientes que miden odios y tristezas. Ahí vamos nosotros, pienso, sobre y contra este tiempo que nunca fue suficiente para usted. Calculo puntos de inflexion y máximos. Así me entretengo. Refino la asíntota sostenida en el ahora. Esa línea somos los dos. Es lo que queda de los dos.

Veterano

Un día tendremos que destruirnos, me dijo. Yo respondí que cuando ese día llegara pensaríamos al respecto y lo haríamos a lo grande. No escatimaríamos esfuerzos para que nuestra interdestrucción fuera no sólo digna sino gloriosa, algo para recordar. Bromeaba, claro. Yo pensaba que nos querríamos para siempre. Uno siempre piensa esas cosas. Hasta que llegó el día cuando tuve que cumplir mi promesa y sin chistar procedí: primero la destruí y luego me destruí a mí mismo, agarré mis cosas y me fui. No fue bueno. No fue feliz. No había gloria alguna ahí. Pero cuando me preguntan qué pasó con eso, por qué terminó así, siempre respondo que el nuestro fue un cierre convenido de antemano, algo que decidimos mucho tiempo atrás, cuando todavía nos queríamos y pensábamos el uno en el otro, así que si el cierre fue como resultó ser no fue por culpa del odio puntual del momento sino del amor de dos años atrás, cuando un cierre desapasionado nos parecía inaceptable dada la magnitud de nuestra historia. Hay que confiar en el amor, agrego, y la gente siempre asiente con respeto lastimero, como si yo acabara de regresar orgulloso y sin piernas de la guerra.

Historia de amor número trece

Donde la profesora cuarentona de inglés de vestidos escotados y tacón descubre que una estudiante le escribe cartas de amor y lujuria particularmente comprometedoras y no sabe qué hacer con ellas porque en el fondo se siente halagada por el deseo de esta adolescente que la mira con los ojos que hace años su marido decidió dedicarle sólo a la pantalla de su computador, pero por otro lado sabe que cualquier muestra de interés de su parte sería causal inmediata de despido, desprestigio y probablemente divorcio, un riesgo que ella, a su edad, no puede darse el lujo de tomar.