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Historia de amor número trece

Donde la profesora cuarentona de inglés de vestidos escotados y tacón descubre que una estudiante le escribe cartas de amor y lujuria particularmente comprometedoras y no sabe qué hacer con ellas porque en el fondo se siente halagada por el deseo de esta adolescente que la mira con los ojos que hace años su marido decidió dedicarle sólo a la pantalla de su computador, pero por otro lado sabe que cualquier muestra de interés de su parte sería causal inmediata de despido, desprestigio y probablemente divorcio, un riesgo que ella, a su edad, no puede darse el lujo de tomar.

Historia de amor número cinco

La historia de amor número cinco es la del hombre orgulloso de su soledad que descubre un día, por culpa de algún accidente trágico, que su vida no vale mayor cosa y es bien posible que en treinta años termine orgullosamente solo, enfermo y adolorido tirado en una cama de un hospital público esperando a que una pantalla le confirme que está muerto. Entonces el hombre orgulloso de su soledad se preocupa y piensa cómo resolver su problema de logística mortuoria de una manera digna. Por primera vez en su vida el hombre orgulloso de su soledad mira el mundo como un lugar donde pasan cosas diferentes de su existencia, cosas que no dependen de él ni lo afectan, y este pensamiento lo aturde porque su solipsismo es una coraza que lo protegía muy bien del vértigo de la interacción potencial, de la traición inminente, de la incomodidad de no saber qué decir pero tener que decir algo, ahora, ya, para que entiendan cómo se siente, para que le respeten su lugar y su presencia. El hombre orgulloso de su soledad busca compañía de la única manera que puede hacerlo: llena formularios en agencias de amistad y amor, se suscribe a clubes de cualquier cosa, asiste a lecturas públicas en librerías, y redacta un cuidadoso perfil en OK Cupid donde quede bien claro que no fuma ni toma ni está interesado en mujeres con debilidades religiosas ni en personas que no entiendan que hay un cierto orden en el mundo y este orden debe ser preservado a toda costa. Es un perfil bien serio el de este hombre orgulloso de su soledad y no tiene mucho éxito. La calificación de su perfil se estabiliza en una semana en dos sobre diez puntos posibles y ni los clubes ni las agencias le proporcionan nada distinto de ansiedad, de donde el hombre orgulloso de su soledad concluye que tal vez sea muy tarde para él, realmente tarde, y esa visión de su muerte acompañado de un respirador cansado es ya un evento inevitable al que deberá acostumbrarse desde ahora para no deprimirse de más cuando esté a punto de morir. Por eso es que el hombre orgulloso de su soledad empieza, como último recurso, a frecuentar hospitales luego de salir del trabajo y hablar con enfermos terminales. Así es como el hombre orgulloso de su soledad conoce a Victoria, que tiene veintiocho años y un cáncer que primero la dejó sin novio y luego sin ovarios y ahora amenaza con llevarse las pocas entrañas que le quedan. Victoria es delgada y dulce y le gusta hablar con él. Dice que aprecia su compañía. Al hombre (ya no tan) orgulloso de su soledad también le gusta acompañar a Victoria junto a su cama y traerle libros para leer. Victoria lee muy rápido y por las tardes, cuando él la visita, le comenta lo que opina de este libro o este otro y luego se ríen imaginando finales trágicos donde todos, buenos y malos, reciben su merecido de la manera como ocurre en la vida, o eso dice ella. Pasan los meses y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad no visita hospitales sino que visita a Victoria y habla con ella y se ríe si hay que reírse pero también llora por y con ella cuando hay que llorar y le agarra la mano fuerte cuando le ponen la intravenosa porque Victoria nunca se ha acostumbrado a eso ni tampoco a las preguntas corteses de las enfermeras ni a la sensación de que su cuerpo se la está comiendo viva. Victoria, lo dice todo el tiempo, quiere vivir, y el hombre (ya no realmente) orgulloso de su soledad quiere que viva porque ahora la necesita junto a él, la ama, así que juntos independientemente rezan todas las noches antes de dormir por el mismo milagro y por las tardes, cuando se ven, se dicen todas las cosas que van a hacer y todos los lugares donde van a ir cuando ella pueda dejar el hospital, lo que tiene que pasar muy pronto porque Dios es misericordioso y bueno y tiene que valorar la fuerza de su amor. Pero un día el hombre (para nada) orgulloso de su soledad recibe una llamada, pide la tarde libre, corre al hospital en un taxi, sube las escaleras a lo que le dan las piernas, llega a la cama de Victoria, la encuentra más débil que nunca y Victoria le dice que lo ama, que lo ama de verdad, pero la vida le está empezando a doler y tal vez ya sea hora de resignarse. Y este hombre que nunca creyó en nada, que nunca necesitó a nadie, que siempre se sintió ajeno al otro, no puede aceptar que Victoria le diga eso, se siente traicionado, pero entonces mira a Victoria a la cara, la mira a los ojos, y siente el dolor, lo siente ahí adentro de él, y le dice que aquí está él, junto a ella, que no se va a ir, que ella lo tiene, y luego la ve irse y la abraza mientras se va, la acompaña con cada respiración y le dice que ella es lo mejor que le ha pasado en la vida, que la va a extrañar, que no la va a olvidar, y Victoria, entredormida por la morfina, sonríe, le aprieta el brazo con la mano, lo acerca a ella y le dice cosas que desde aquí no alcanzamos a entender (o no debemos) pero que parecen importantes porque el hombre que ya nunca más estará solo llora y se ríe al tiempo y le dice que se volverán a encontrar porque esto no puede terminar así. Así termina.