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andrés burgos

10

Sofía y el Terco

La primera película de Andrés Burgos me gusta por lo mismo que me gusta el cine de Wes Anderson. Sofía y El Terco es cuidadosa y tiene estilo. Cada detalle es decidido. Es personal y caprichosa al nivel justo. Su sencillez la fortalece. Permite disfrutar los juegos formales, las restricciones y la atención a las tomas, los objetos, los colores, las luces, la música, los escenarios, los paisajes, los chistes y la gran antena parabólica montada sobre una casa en medio del campo. ¿Ya dije los colores? La película, sostenida sobre la disrupción temporal de una rutina, de un método, es en contraste metódica en su planteamiento y realización. También es infantil en el sentido muy serio en el que los mejores libros infantiles lo son: amplia, expansiva, propone un mundo; la trama, como corresponde, es engañosamente simple: una mujer atrapada en su vida de ama de casa decide emprender un viaje a escondidas de su marido para conocer el mar. Todo sale mal y todo sale bien. Varias historias se plantean en el trasfondo. No hay pretensiones de realismo o grandes ideas ni desgastes con transgresiones o denuncias. En cambio hay dulzura sincera, reglas estrictas y aprecio y respeto por el medio y sus posibilidades narrativas. Deja buen sabor, admiración y ganas de más.

Nunca en cines

Esta no es una novela juvenil desenfadada sobre la pasión por el cine. No le crean nada a la contraportada. El cine es mejor lenguaje que tema. El título es una estrategia de distracción. Nunca en cines es una colección de notas dispersas sobre la construcción y pérdida de una amistad. Es una historia que ha sido contada muchas veces y merece ser contada muchas veces más porque siempre es distinta: dos personas se conocen y hay un vínculo semi-prodigioso que los sostiene conectados intermitentemente de ahí en adelante hasta que ya no se puede más y más allá. El vínculo crea momentos compartidos que son incomunicables. Esos momentos definen la amistad. Nunca en cines nace del drama de la pérdida pero subsiste en júbilo de lo vivido. Por eso es burlesca y, sí, desenfadada. No es una novela de trucos ni giros ni una proezas estilísticas. No tiene pretenciones de convencer ni transformar a nadie. Es una celebración sincera de los entusiasmos contagiosos de un amigo, de su legado. Hasta los mejores amigos se mueren. Pasa todo el tiempo. Se mueren sin querer incluso cuando quieren. Y siempre se mueren al final. Pero para morirse, por fortuna, primero necesitan estar vivos.