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anécdotas

Negacionismo

Llevaba ocho meses con las gafas desajustadas, prácticamente flotando libres sobre mi cara, a punto de caer. Sabía que necesitaba ajustarlas pero había evadido la diligencia con el desgreño intencional autodestructivo que casi que me define. Las pocas veces que estuve cerca de la óptica algo (una fuerza) me llevaba en cualquier otra dirección, como si el procedimiento (a la larga trivial) de entrar y pedir un ajuste de las gafas fuera un martirio inaceptable, incluso cuando sabía que contribuiría de inmediato a mi tranquilidad (el estado de las gafas era una fuente regular de ansiedad, claro). La dependiente me llevó a un escritorio donde un señor agarró mis gafas y las moldeó con cuidado después de revisar, sosteniéndolas sobre a mi cara, cuál era el problema. La reparación no tomó más de un par de minutos. Antes de devolverme las gafas las limpio con un golpe de líquido pulverizado seguido de un pañuelito. Estiré las manos para recibirlas pero ignoró el gesto: las puso él personalmente con firmeza (como si dudara de mi capacidad para hacerlo), se aseguró de que se sostuvieran en su lugar, asintió cansado y se fue sin decir nada más. Sentí como si hubiera dejado de existir.

Olvidados

Poincaré arrived at an exceptionally early hour of the morning, complaining at once about the behaviour of the mathematician Weierstrass, Sophia’s old mentor, who had been one of the judges for the king of Sweden’s recent mathematical prize. Poincaré had indeed been awarded the prize, but Weierstrass had seen fit to announce that there were possible errors in his—Poincare’s—work that he, Weierstrass, had not been given some time to investigate. He had sent a letter submitting his annotated queries to the king of Sweden—as if such a personage would know what he was talking about. And he had made some statement about Poincaré being valued in future more for the negative than the positive aspects of his work.

Sophia soothed him, telling him she was on her way to see Weierstrass and would take the matter up with him. She pretended not to have heard anything about it, though she had actually written a teasing letter to her old teacher.

“I am sure the king has had much of his royal sleep disturbed since your information arrived. Just think of how you have upset the royal mind hitherto so happily ignorant of mathematics. Take care you don’t make him repent of his generosity…”

“And after all,” she said to Jules [Poincaré], “after all you do have the prize and will have it forever.”

Jules agreed, adding that his own name would shine when Weierstrass would be forgotten.

Every one of us will be forgotten, Sophia thought but did not say, because of the tender sensibilities of men—particularly of a young man—on this point.

A. Munro, Too Much Happiness

Malísimo

Medio día. Ruta de la universidad a la casa. Llevo a la niña en el cargador. Una mujer se sienta a mi lado en el bus. Hiede a cigarrillo y trago. Seguro estaba en uno de esos bares de mala muerte del centro que surten a los alcohólicos seriamente comprometidos con el grupo hidróxilo. El sábado mataron a dos a una cuadra de ahí. La mujer sonríe. Intenta ser amigable. Me dice algo pero no le entiendo o tal vez no lo quiero entender. Esa mezcla de olores siempre me irrita. La ignoro. Cuando lo repite le entiendo. Dice: Así que hoy es el día del papá, ¿no?. Le digo sí y no digo más. Debí decirle: Todos los días son el día del papá. Me pregunta por el cargador. Qué útil es, ¿no es verdad? Asiento con la cabeza sin mirarla. Al final se cambia de puesto. Me pregunto si me eché desodorante esta mañana. Ahora las personas se sientan a mi lado en el bus. Creo que a eso lo llaman el Factor Bebé. De repente soy una persona confiable y hasta agradable. En mi vida pasada despertaba la reacción exactamente opuesta sin esfuerzo incluso si usaba desodorante. Cuando me quería esforzar fingía una tos seca, eso bastaba. También serviría saber eructar a voluntad, pero nunca he podido dominar ese arte sutil. Eso me pasa por no ser malo de verdad.