Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

animales

Espurios

Pasó que la leche de la caja que abrimos esta mañana sabía más a vaca de lo tolerable, y como resultado la niña no pudo tomarse ni un sorbo entero de su leche con vainilla. La marca de leche que compramos se precia de sus procesos simplificados que reducen la distancia digamos química entre el consumidor y la teta del animal. Así explican su costo, ligeramente superior al de sus pares de mostrador. Recuerdo que la primera vez que la probamos, en una cata de supermercado, hablamos elogiosamente de la diferencia no solo en textura sino en olor y sabor: es decir, consideramos ese sabor, que asociamos con la vida de granja, como un valor. Pero hoy por la razón que sea este sabor dominaba por completo y fuimos incapaces de tomarla. Era demasiado leche. Tanto así que tuvimos que botar el resto por el desagüe. La situación me recordó la escena de Matrix donde discuten el verdadero sabor del pollo. Quién sabe cuántas cosas que creemos que son ya no son. En fin, pequeños dramas del consumidor de nostalgias falsas.

170

Tres animales muertos esta semana.

Un mapache junto a un árbol al lado de la pizzería del barrio.

Una ardilla sobre el asfalto en la calle de la reina, cerca de la droguería.

Una plasta peluda indistinguible frente a un resguardo para habitantes de la calle también sobre la calle de la reina.

Qué angustia me dan.

2

A veces me gustaría ser un árbol en un parque y tener su paciencia y su silencio. O tal vez una tortuga. Tiendo a evadir silencios tanto internos como externos. Creo que les tengo miedo. Entre el ruido en cambio me siento protegido aunque me aturda.

Sería bueno ser un árbol. Además no tendría que volver a entrar jamás a un baño.

Veterinaria

Gatos enfermos.

Nuestra veterinaria es de una escuela que predica la tesis de que los gatos enfermos son imposibles de distinguir de los gatos sanos a menos que sean evaluados regularmente por un experto como, coincidencia, ella. La idea es que los gatos están adaptados evolutivamente para fingir que están bien aunque estén mal para no lucir débiles ante potenciales depredadores. En su consultorio hay volantes y afiches que promueven esta filosofía. En uno de los volantes salen una foto de dos gatos descansando cabeza contra cabeza, lucen a gusto, pero abajo dice

ONE
OF THESE CATS
IS SICK
Can you tell which one?

Vamos a visitar a esta veterinaria cada año desde que llegamos al pueblo y adoptamos a Gonta. El propósito de nuestra visita es que reciban la vacuna antirrábica. La consulta es cara (la diferencia de precios con las veterinarias europeas es abismal), pero se supone que es confiable. Además la señora tiene una especialización en acupuntura felina. Tal vez la razón principal para elegirla fue que su clínica quedaba cerca del barrio. La consulta es cuidadosa pero incómoda porque siempre concluye que los gatos no están en el grado óptimo de salud y que de hecho tienen algún problema que requiere intervención urgente. Así, además de la onerosa factura, la visita siempre incluye dos sendas cotizaciones (~$700 c/u) por los procedimientos que cada gato necesita. Por lo general los procedimientos requieren algún tipo de cirugía para, por ejemplo, sacarle un diente. En las primeras visitas Plinio tenía problemas de bajo peso y Gonta riesgo periodontal inminente. Ahora ambos tienen riesgo periodontal inminente y Gonta (que se dedica a correr como un loco por toda la casa) debe entrar en una dieta estricta que en nuestras condiciones de vida es más o menos imposible de cumplir. Nosotros sonreímos y decimos que lo tenemos que pensar. Salimos de la veterinaria angustiados, desplatados y con los gatos muy nerviosos por el viaje (es corto pero alcanza a afectarlos). Nos pasa cada vez. Decidimos que el otro año, si seguimos acá, buscaremos una nueva veterinaria menos holística donde los vacunen y nada más. A la mierda los hippies.

Pájaros

Arcoiris

Amiga (3)

Llovió toda la mañana. Bajamos a las 14:30 a visitar las ardillas. La última vez que las habíamos visto había sido ayer por la mañana. Lucían bien. Nos aseguramos durante el día de que tuvieran siempre nueces y agua pero al parecer no fue suficiente. Encontramos el cuerpo muerto de una de ellas entre los matorrales alrededor del árbol, cerca del bebedero de agua. Probablemente las otras dos corrieron igual suerte. Impotencia y tristeza.

Amiga (2)

Son tres, no dos. Las visitamos a las siete y media. La pequeña juguetona estaba tomando agua del bebedero que dejó la vecina. Lo rellenamos. Las nueces que dejamos habían desaparecido. Sospechamos que otras ardillas aprovecharon para aprovisionarse. Reabastecimos la despensa y se lanzaron contra las nueces de inmediato. A las ocho, cuando abrieron el supermercado, fuimos a comprar más nueces de estilos diversos (y también ciruelas pasas) para, en palabras de Mónica, “asegurarnos de que en la dieta no les falte ningún aminoácido”. De vuelta del supermercado me pareció ver a una de las tres saltando de rama en rama con torpeza en el arbusto cercano (que colinda con su árbol de nacimiento). Próxima visita: 11:00 am.

Amiga

Está al otro lado de la calle Elmwood. Camina por el prado con curiosidad. Lo olfatea todo. Intentamos alejarla del andén para reducir la probabilidad de que se lance a la calle. Es amigable. Luce sana y fuerte. Se acerca y juega. No nos tiene miedo. Se estira bajo el sol. Busca el calor. Hace ruiditos. Rehuye mi sombra pero salta hacia mí cuando me acerco. Cabría de sobra en mi mano. Su hermana está oculta entre unas matas de hojas grandes alrededor del árbol donde probablemente nacieron. Tienen hambre. Le ofrecimos nueces y comió gustosa. Una vecina trajo un recipiente con agua. Lo pusimos en la base del árbol junto con una buena provisión de nueces. Al rato regresamos y se había aventurado mucho más lejos del árbol. Nos siguió cuando la llamamos. Intentó subirse en Mónica. La volvimos a dejar en la base del árbol. Mañana por la mañana volveremos con más nueces y agua.

Nápoles

Pensé en escribir un cuento largo sobre el viaje con mis papás y mi hermana al Zoológico-Hacienda Nápoles, de propiedad de Pablo Escobar, por allá en mil novecientos ochenta y algo (¿dos?). Creo que fue el último viaje que hicimos juntos. Probablemente hubo más encuentros pero en mi memoria fue la última vez que fuimos dos papás con dos hijos que hacen cosas, como en las familias de las películas. Mi siguiente recuerdo de un encuentro cordial fue en dos mil uno, cuando mi hermana se graduó de la universidad y fuimos a almorzar. Ahora todos vivimos en dimensiones distintas. Dudo que volvamos a reunirnos otra vez.

*

Toda narración de memorias infantiles es tendenciosa. El niño narrativo de seis años es impostura e idealización porque su sistema interpretativo está apenas en desarrollo. Todo tiene sentido, pero la noción de sentido es todavía vaporosa. Las conexiones semánticas son mucho más laxas. En la memoria subsisten apenas las interpretaciones fragmentadas de la vivencia. No hay narración ni moralejas. De cierta manera no hay realidad. Su reinterpretación a treinta años altera (pervierte) el registro original hasta convertir al niño narrativo en médium voluntarioso de su adulto ulterior, ya entrenado para entender de acuerdo a sentidos y significados establecidos, atrapado para siempre en el paso normatizado del tiempo.

*

En lugar de un cuento largo, colección breve de recuerdos y anotaciones dispersas (lo único que me puedo permitir últimamente): en Puerto Triunfo, el día que compramos (¿se compraban?) las boletas para entrar al zoológico, cae nieve sobre el carro mientras esperamos nuestro turno. Parece un pueblo de juguete, de casa blancas, desértico, y cae nieve (aunque también hace sol). Hay un murciélago agonizante sobre la cama de mis papás. El ventilador lo desmembró. Sangre por todos lados. Las ventanas del Fiat no se abren. Un elefante mete la trompa por una hendidura en la ventana y toca a mi hermana. Mis papás no existen, no realmente. Están ahí pero apenas como apoyo decorativo y logístico. Su viaje era distinto al mío. Es un viaje que imagino triste y final. Tenían treinta años. Llevaban cuatro separados. Mi viaje era feliz. El murciélago en la sábana ensangrentada amarrada como una bolsa. Los avestruces asaltan el Fiat. Mi hermana llora. Un león a lo lejos, al final del recorrido. Aviones viejos emplazados a la orilla de la carretera. El hostal donde dormimos se llama Los Colores. Casas de techo colorido encajadas en una colina. Hay algunas fotos. A veces sueño que vuelvo a ese hostal y sigue ahí pero está abandonado.

Asesinos

Lo que Sergio no cuenta es que una vez mató a un animal para comérselo. Un animal que, además, le sirvió fielmente durante varios meses. Era 1993. Teníamos codornices en el patio. Las teníamos por los huevos. Tal vez haya fotos por ahí. Las compramos pequeñas. Recolectábamos los huevos todos los días, los guardábamos en la nevera, y cada tanto, al ritmo de los suplex de Monday Night Raw, nos comíamos cuarenta de golpe con salsa rosada. Era uno de nuestros planes favoritos cada semana.

Pero un día las codornices dejaron de poner huevos.

Pensamos mucho en qué hacer. Les dimos tiempo. Buscamos asesoría en las tiendas veterinarias de la avenida Caracas. Compramos comida especial. Nada dio resultado. Decidimos asarlas al horno, pero primero teníamos que matarlas. Mi abuela dijo que las codornices debían ahogarse para proteger la carne. Creo que haber visto recientemente Como agua para chocolate influyó en la decisión.

Instrucciones: cada uno agarra una codorniz, sostiene la cabeza y la hunde en un balde con agua. Sólo la cabeza (esto también por recomendación de mi abuela). Lo hicimos en el patio, junto a la que había sido su casa por cerca de un año. La codorniz se retuerce, patalea, se relaja, tiembla y muere en ese orden. Dos minutos por animal. Sergio sólo lo hizo una vez. Yo maté a las otras cinco. No recuerdo haber sentido mayor culpa. La compasión no era mi fuerte. Todas estas debilidades morales que ahora padezco son más recientes. Encontrar el amor me jodió.

De resto procuramos que tuvieran una vida feliz, eso sí.

Vaca

Una vaca supera el test de Turing. Su dueño, un campesino de Nueva Zelanda, está orgulloso. La vaca sale en televisión y ofrece entrevistas a la prensa de varios paises. El presidente de Francia, conmovido por su intepretación de La Marsellesa, invita a la vaca a pasar una temporada en París en la casa presidencial. Todos los días, al terminar su jornada de trabajo, el presidente de Francia camina del cuerno de la vaca junto al Sena. Conversan sobre filosofía medieval y Mahler. Discuten el destino de Francia y el sentido de la libertad. El presidente la nombra alta asesora en asuntos de política económica. Los analistas aseguran que es una excelente elección. Los inversionistas se apresuran a comprar bonos del tesoro francés. El país vive varios meses de prosperidad, casi parecen felices, pero nada es para siempre: una revista del corazón publica fotos comprometedoras del presidente acariciando con aparente lascivia las ubres de la vaca. El presidente dice que sólo la estaba ordeñando. Su mujer, una reconocida cantante y actriz pornográfica, pide el divorcio. El pueblo exige la verdad. La vaca deja el país de regreso a su patria para huir del acoso de los fotógrafos. El campesino, asqueado por su comportamiento que considera una deshonra para su granja puritana, no la recibe en el establo. La vaca duerme en estaciones de bus y pide plata en las calles para comprar trago. Nadie se conmueve. Finalmente, desesperada, decide vender su cuerpo por dinero en internet. La compran a buen precio, la sacrifican y la venden por trozos en un reputado asadero a las afueras de la ciudad. Su cabeza cuelga a la entrada como un trofeo. El matarife dice que no sufrió pero pidió perdón por todo lo malo que hizo y elevó una plegaria a Adonai. El presidente de Francia, atormentado por la culpa, abandona la política, cambia su nombre y se recluye en un pueblo perdido en los Pirineos, donde cría caballos y organiza fiestas privadas con sus nuevos amigos del campo, que sí lo entienden.

Jueves (La tempestad)

La lluvia de ayer era la antesala del diluvio de hoy. El viento se lleva todo. Cats and dogs, literalmente. Negro, un perro pequeño, el que dormía boca arriba en el patio, sale despedido y explota contra un poste de la luz. Los gatos se esconden bajo cuevas improvisadas entre las mantas de los residentes tolerantes. Los árboles resisten, no tienen opción. Es su flexibilidad y no su rigidez lo que los hace fuertes. Estoy en el patio en piyama. Cada paso cuesta, pero necesito salir. Es la costumbre. Voy por los huevos. Quiero asegurarme de que las gallinas estén bien. Son mi responsabilidad. Me quito las gafas para poder ver bien. Una enfermera me grita que vuelva desde el balcón pero no se atreve a salir por mí. You fools! I and my fellows are ministers of Fate: the elements.

Adenda: Por petición popular, ahora hay una versión sencilla de Inframundo en formato PDF (montada en LaTeX) para los tecnológicamente clásicos (o limitados).

Loros

Son caros los loros. Entre los ochocientos y los mil setecientos dólares dependiendo de la variedad. El empleado de Pet Mart les rasca la cabeza y los loros se retuercen del puro gusto. En la casa de mis abuelos en Cali había un loro que tomaba chocolate con pan y probablemente se sabía un par de canciones pero era agresivo y traicionero. En la casa del marido de mi mamá también había un loro y dos guacamayos que convivían más o menos pacíficamente. Cuando niño tuve pericos, pero nunca vivían mucho. Tenían la tendencia a morir ahorcados en circunstancias misteriosas que nunca investigamos a fondo. Son pocos los cordados no mamíferos que logran, con sólo la mirada, convencernos de que hay algo más que instinto adentro de esas cabezas. Los loros de Pet Mart nos miran desde sus jaulas y se acercan y si les hablamos nos vuelven a mirar, esta vez con más atención, como si en serio intentaran desentrañarnos. Mónica le rasca la panza a uno de los loros y juega con él. El loro, que es verde con plumas naranjas y grises, ejecuta en respuesta algunas acrobacias menores sobre la reja y luego silba, parece que se divierte a nuestra costa. Hay otro de cabeza amarilla que se baña al fondo. Abajo, en otra jaula, hay uno de una variedad enteramente gris y más grande que según Mónica es utilizada con cierta frecuencia en experimentos de neurociencias. Esos son los más caros.

Lunes

Hay dos ardillas en un árbol que se persiguen. Giran en torno al tronco, se ocultan, saltan de una rama a otra o se detienen súbitamente y cambian de dirección. Tienen rabia. Se odian. Quieren que la otra no tenga lo que cada cual cree que tiene. Una es negra y de cola esponjosa. La otra, gris y de cola achilada, como muerta. Cada tanto la que persigue atrapa a la perseguida, luego hay gritos, zarpazos y mordiscos que parecen resolutorios pero que sólo dan inicio a una nueva persecución con el mismo nivel de intensidad que la anterior. La vida sigue.