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ansiedad

Ansia

De vez en cuando la vida me derrumba y recomponerme me toma tiempo y esfuerzo. Las grietas se acumulan lentamente y su percepción no es solo emocional sino física: en torno al abdomen y el pecho, con ocasionales ascensos hacia el cuello. Las grietas me debilitan. Comunicarme y entender a otras personas se vuelve un trabajo dispendioso y frustrante. Pierdo la paciencia y abandono la mayoría de las líneas de contacto. Casi siempre presencio el proceso con resignación: conozco los síntomas, sé cómo se desarrolla, procuro mantener claro que es temporal y que al cabo de algunas semanas recupero estructura, aunque nunca a niveles completamente satisfactorios. Mientras transcurre, mi prioridad es sostener las relaciones esenciales vivas y no caer en la tentación fácil de destruirlas porque momentáneamente se sienten muy pesadas para mí.

Ducha

Durante la ducha pensé que la puerta del apartamento estaba sin seguro, casi nunca trancamos, y cualquiera podría entrar y robarse a la niña aprovechando que yo estaba en el baño. Tuve que cerrar la llave y salir del baño en carrera a la sala a asegurarme de que Laia siguiera dormida en el sofacama. Ahí estaba profunda. Justamente le decía a Pilar ayer que mi vocación es la angustia.

Paciencia

La paciencia es una virtud de la cual carezco. Envidio a los pacientes. Envidio su capacidad amplificada para la minuciosidad y la disciplina. El trabajo de Mónica requiere paciencia y atención. A ella le sobran. Los procesos y experimentos de su laboratorio se desenvuelven lentamente y el fracaso es constante. La paciencia permite continuar pese a los baches, asimilarlos como avance. Las personas pacientes tienen una relación amistosa con el tiempo: no lo encaran como un oponente; es un medio que se habita. El arte que disfruto y admiro es producto de paciencia y disciplina. Aprecio las construcciones cuidadosas, el método, la creación sistemática. Quisiera poder escribir así. No encuentro mucho valor en la literatura de los escritores, digamos, viscerales, que no asumen control sobre sus historias y estructuras.

Tengo el propósito regular de volverme una persona más paciente. Primero con el tiempo y luego (más difícil) con los demás. Entre mis ejercicios está imponerme proyectos pequeños (y a veces reiterativos) que sé que me tomarán varios días y requerirán esfuerzo creciente. También procuro, no siempre lo logro, cocinar evitando el fuego alto. He notado (y cuánto me cuesta) que un cierto nivel de organización facilita la práctica de la paciencia. Cuando las herramientas no están dispuestas apropiadamente el progreso se convierte en un conjurador de distracciones y bifurcaciones que tientan mi tendencia natural a renunciar. La ansiedad y la paciencia no se llevan bien.

Obsesión bidireccional

Le tengo miedo a morirme. La muerte incluso en abstracto me angustia como si al mentalizarla la conjurara. Me atormenta ser incapaz de predecir la sensación física. Odio saber que un día dejaré a Mónica sola. Dedico mi ansiedad entera al rumiar la idea por semanas y pensar opciones. Cuando era niño rezaba para no morirme mientras dormía porque no quería que mi mamá llegara a despertarme y me encontrara frío. Quería controlar las circunstancias de mi partida a detalle tal y como pensaba que controlaba mi vida. Cuando pienso ahora en mi muerte pienso también inevitablemente en el impacto que tendrá en mi familia cercana. Mis esquemas de suicidio, cada vez menos frecuentes, se sumergen por lo general en árboles de decisión insondables para resolver el problema de minimizar el daño emocional producido a quienes quiero. La incapacidad de anular el dolor ajeno me protege de mí mismo. Supongo que eso es común.

También está el terror físico a que los otros se mueran reforzado por la consciencia (estampada a lo bestia) de que la amenaza es real y no hay nada que pueda hacer para prevernir que pase. Ese no me deja ni dormir ni estar despierto.

Jueves

Día caluroso con un poco de ansiedad. Me levanté tarde. Había pepinos parlantes evangelizando en televisión. Leí un rato. También revisé las notas de la última reunión con Rahim e intenté llenar algunos detalles de los argumentos. Por la tarde, luego del almuerzo, fuimos a la reunión con nuestra trabajadora social. Da gusto verla. Es algo que nos hace mucho bien. Cerca del hospital hay un supermercado coreano donde compramos provisiones para la sopa de miso esporádica. También compré una botella grande de nectar de ciruela. Me gusta porque sabe a Ventilán. Ese es un sabor que asocio con calma y alivio, me ayuda a respirar.

Domingo

No sé en qué estaba pensando. Hoy, al almuerzo, serví la segunda ronda de batido de aguacate sobre el padthai de Mónica en lugar de en su vaso. Ansiedad. De regreso de la universidad, en el centro, vimos una aglomeración de adolescentes desesperadas por ver a Justin Bieber. O por no verlo, porque se supone que ya había llegado. Tenían pancartas con corazones y camisetas con su correo electrónico escrito a mano con marcador. El viernes decidí retomar mi vieja costumbre de ver documentales. Por la mañana, al desayuno, vimos David Daniel Johnston and the Devil. Luego de pasar por la universidad, donde los ratones mutantes recibieron otra dosis de su propia “medicina”, vimos Lost in la Mancha. Finalmente, hace unos minutos terminamos de ver Dear Zachary. Pesadísima. Me dejó muy triste.

Jueves

Nachman (supongo) trabaja en teoría de números (o teoría de grupos) en Santa Monica y durante años le dedicó tiempo a pensar en la penúltima conjetura, un problema abierto propuesto durante la segunda guerra mundial. Nachman es reconocido por su lentitud y la solidez de sus resultados. Un día, Nachman se entera de que un colega reconocido por su trabajo en diferentes áreas ofrecerá una conferencia en San Francisco donde presentará su prueba de la penúltima conjetura. Nachman siente envidia y alivio. Envidia porque a veces sentía que ese era su gran problema pendiente, el que estaba destinado a resolver. Alivio porque ya no tendrá que pensar otra vez en él. Como sea, curioso de ver la demostración, de confrontarla con su autor presente, Nachman toma un avión de Los Angeles a San Francisco. Pero a los diez minutos de iniciarse la charla Nachman sabe en qué dirección va la demostración, y a la media hora sabe también que este colega renombradísimo ha cometido un error que Nachman mismo también cometió alguna vez, en uno de sus varios intentos de demostrar la conjetura. Esto lo llena de ansiedad, porque Nachman es tímido, le preocupa pasar por presumido y no quiere humillar en público a su colega, a quien siempre ha admirado, así que se contiene y espera que alguien más note el problema por él. Por desgracia, nadie dice nada y Lachman sufre sin saber cómo decirle al orgulloso conferencista que su demostración tiene un error fatal.

Aquí la descripción de Michaels de la penúltima conjetura:

The problem of the Penultimate Conjecture was formulated during the Second World War by brilliant English cryptographers who broke the German code Enigma. Germans, also brilliant, broke English codes. Obscure men, and some women, who had a knack for solving puzzles, analyzed the coded messages of the enemy so that nameless soldiers, sailors, and airmen could be blown to bits, drowned, burned alive. A proof of the Penultimate Conjecture would have no such practical consequences—at least none yet known—but for mathematicians, it was a glamorous problem indirectly associated with horrendous violence.
—Leonard Michaels, The Penultimate Conjecture