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Ignorancia

Llevo un par de días trabajando a ratos en una presentación sobre representación de datos en análisis exploratorio (métodos de descomposición, reducción de dimensiones o simples cambios de perspectiva (como la transformación al dominio de frecuencia de una señal) que definitivamente no merecería tanto tiempo, pero me entretengo fácil y mientras escribo el código se me ocurren ideas y preguntas que si no expanden la presentación (que debe ser breve) por lo menos sí expanden la excursión alrededor, lo que a su vez me lleva a entender mejor cuál es el punto de lo que quiero decir. A dos años más épsilon de iniciar mi carrera (uso esta palabra con especial incomodidad pues me conozco y sé que se irá como vino) como programador dentro de la línea de análisis e ingeniería de datos me siento bastante cómodo, por fin, con el oficio. Tanto así que no me parece descabellado hablar de lo (poco) que he aprendido con otras personas. No dejo de sentirme inadecuado y lleno de agujeros conceptuales, pero al menos ahora tengo mayor claridad sobre lo que no sé y, más importante, lo que saben los demás.

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Una forma de medir las limitaciones en la estructura mental de una persona es preguntarle cómo enseñaría a unos niños a pensar. Cualquier respuesta que parta de intensificar el estudio formal de algún área del saber académico (sea lógica, filosofía, gramática, neurociencia o estadística) es prueba de que la persona en cuestión está atrapada en un cajón sociocultural desde el cual el pensamiento se vuelve equivalente al dominio de esos saberes técnicos. Confunde pequeñas teorías con el mundo.

Yo no creo que se pueda enseñar a pensar. Todo el mundo piensa. Lo que sí se puede es acompañar aprendizajes y ofrecer herramientas para organizar y expresar mejor lo que se piensa. Para no perderse. Tal vez es posible encontrar algunas de esas herramientas al fondo de cualquiera de esas disciplinas, pero el dominio de ninguna de ellas garantiza nada en ese sentido. De hecho cada vez es más frecuente que la academia promueva la redacción ininteligible como sublimadora de ideas. En lugar de organizar y aclarar lo que se piensa, se insta a oscurecerlo para que parezca inaccesible y por ende profundo. Es una forma burda de justificarse.

En la práctica, tan buena es la gramática para aprender a pensar como el fútbol, la jardinería o la astronomía.

A decir verdad la jardinería podría ser un poco mejor.

Nuestra historia de amor

En su blog, Arturo escribió sobre su relación de amor-odio con la matemática. Son cinco capítulos (1, 2, 3, 4 y 5). En el tercero (titulado Idilio) hay un breve cameo de mi yo más joven, socialmente inepto e idealista:

Con Javier montamos un grupo de estudio de geometría algebraica sin profesores. Pegamos avisos en el edificio de matemáticas citando a reuniones semanales. Logramos una convocatoria de tres personas: Javier, Oscar y yo. En los letreros nos escribieron cosas como “sapos reglados”. Quería tanto a las matemáticas, a mi nueva novia, que no tenía problema en compartirla con Javier y el malparido no fue capaz de darme un abrazo cuando se fue a hacer su doctorado hace ya más de diez años. No lo he visto desde entonces y no sé por qué lo quiero. No es que la gente del edificio de matemáticas de la Nacional se caracterice por sus grandes habilidades sociales tampoco.

A Arturo lo conocí dentro de ese contexto idílico, cuando estaba(mos) volcado(s) a aprender matemática con entusiasmo (aunque en la práctica yo le dedicara muchas más horas semanales a los juegos de rol). Nuestro primer curso juntos fue álgebra lineal. Acababa de regresar del ejército. Arturo era uno de los mejores del grupo junto a Javier (Solano) y Freddy (Hernández) (hoy ambos trabajan como profesores en universidades en Brasil). A partir de ahí vimos juntos al menos un curso por semestre por unos tres años (incluyendo uno inolvidable con Alonso Takahashi y también el curso de lógica donde conocimos a Andrés (Villaveces)) hasta que Arturo, de un momento para otro, desapareció. En su blog explica bien por qué. Yo lo sospechaba, pero él era muy reservado con respecto a su vida personal y creo que la consideraba de cierta manera incompatible con nuestra historia de amor amistad (asociada inevitablemente a estudiar heteronormativamente). Para el momento cuando me gradué de la universidad sabía muy poco de su paradero. Luego de que me fui retomó su trabajo final y se graduó. Varios años más tarde, ya en Estados Unidos, busqué información sobre él y encontré su dirección de correo electrónico en Los Andes, donde dictaba clase. Entonces le escribí. Hace unos trece años cortos que no lo veo en persona.

Finalmente aprendí los fundamentos de geometría algebraica en Urbana, en dos cursos muy regulares que me forzaron a las malas a hacer incontables ejercicios (estos sí muy provechosos) del libro de Hartshorne (en mi copia, el margen negro por el uso delimita claramente el cuarto escaso que avancé en ese libro) y un curso muy bueno que tomé tal vez demasiado tarde con Dror Varolin, donde miramos con mucho cuidado (y haciendo muchos cálculos iluminadores) las conexiones entre análisis complejo y curvas algebraicas (sospecho que de haberlo tomado más temprano me hubiera dedicado a la geometría compleja). En los intermedios leí capítulos del libro de curvas elípticas de Silverman y el libro de grupos algebraicos lineales de Humphreys, pero nunca le puse el suficiente empeño para avanzar más allá. Pese a todo eso, a estas alturas lo único que puedo acreditar es comprensión muy general de la terminología y maquinaria más básica. Eso sí, me sigue encantando.

Y los abrazos ya no me cuestan tanto.