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ardillas

Amiga (3)

Llovió toda la mañana. Bajamos a las 14:30 a visitar las ardillas. La última vez que las habíamos visto había sido ayer por la mañana. Lucían bien. Nos aseguramos durante el día de que tuvieran siempre nueces y agua pero al parecer no fue suficiente. Encontramos el cuerpo muerto de una de ellas entre los matorrales alrededor del árbol, cerca del bebedero de agua. Probablemente las otras dos corrieron igual suerte. Impotencia y tristeza.

Muerto

Escribo esta entrada con el iPod. Mi fiel MacBook de cuatro años sacó la mano. El disco duro sucumbió a mis abusos. Estaba débil y aletargado desde hace meses. El lunes pasado, coincidencialmente, había comprado en un arranque de consumismo el que será su reemplazo. Tardará una semana en llegar. Hace unos minutos bajamos a revisar las ardillas. Todo parece estar bien. Entradas breves (y comunicación restringida) hasta nueva orden.

Amiga (2)

Son tres, no dos. Las visitamos a las siete y media. La pequeña juguetona estaba tomando agua del bebedero que dejó la vecina. Lo rellenamos. Las nueces que dejamos habían desaparecido. Sospechamos que otras ardillas aprovecharon para aprovisionarse. Reabastecimos la despensa y se lanzaron contra las nueces de inmediato. A las ocho, cuando abrieron el supermercado, fuimos a comprar más nueces de estilos diversos (y también ciruelas pasas) para, en palabras de Mónica, “asegurarnos de que en la dieta no les falte ningún aminoácido”. De vuelta del supermercado me pareció ver a una de las tres saltando de rama en rama con torpeza en el arbusto cercano (que colinda con su árbol de nacimiento). Próxima visita: 11:00 am.

Flores

El año pasado sembramos rosales en el balcón. Cuando los compramos estaban pesados, cargados de flores. Daba gusto verlos afuera, iluminando la ventana a dos colores. Son rosas pequeñas blancas y rojas. Las últimas todavía estaban vivas cuando cayó la primera nevada de la temporada, mucho más temprano de lo esperado. Recuerdo las flores atrapadas entre la nieve, tan confundidas como nosotros por el cambio súbito de clima.

Ayer el rosal rojo empezó a florecer. Es una flor por ahora, en una rama corta. Una ardilla joven, no la visitante habitual, intentó comérsela pero le grité y saltó asustada al árbol. En cuestión de un día la flor pasó de un capullo verde cerrado a un pequeño puño rojo brillante. Pronto abrirá sus pétalos. Desde el escritorio veo dos rosas más en camino. Considerando lo descuidados que somos es realmente milagroso que estén vivos y floreciendo.

Ramas

Huele a café. Dos ardillas se persiguen a toda velocidad, sin respeto alguno por la fragilidad de sus cuerpos, en lo alto del árbol-trapecio al otro lado de la calle, junto a la casa amarilla cuyo altillo consideramos como opción de vivienda recién llegados (nos previno la calidad dudosa de las escaleras). Ahora, una de las ardillas chilla para demarcar su rama privada. Nunca se hace suficiente énfasis a nivel popular en ese aspecto de su etología: cuando están furiosas, las ardillas chillan.

Lunes

Hay dos ardillas en un árbol que se persiguen. Giran en torno al tronco, se ocultan, saltan de una rama a otra o se detienen súbitamente y cambian de dirección. Tienen rabia. Se odian. Quieren que la otra no tenga lo que cada cual cree que tiene. Una es negra y de cola esponjosa. La otra, gris y de cola achilada, como muerta. Cada tanto la que persigue atrapa a la perseguida, luego hay gritos, zarpazos y mordiscos que parecen resolutorios pero que sólo dan inicio a una nueva persecución con el mismo nivel de intensidad que la anterior. La vida sigue.