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asesinato

Un ejemplo: el asesinato de Tori Stafford

El ocho de abril de 2009, Michael Rafferty (28 años) y Terri-Lynne McClintic (18 años) secuestraron, violaron y asesinaron a Victoria Stafford. Victoria Stafford tenía ocho años. Vivía en Woodstock, Ontario. Un video de una cámara de seguridad inculpa a McClintic: aparece acompañando de la mano a Stafford en la última imagen disponible de la niña con vida. McClintic se declaró culpable de todos los cargos e indicó a la policía dónde se encontraba el cuerpo. Tras confesar, fue condenada a cadena perpetua. Rafferty asegura que es inocente.

Cuando lo encontraron, el cuerpo de la niña estaba desnudo de la cintura para abajo. Hay señales de violación. Los golpes que recibió antes de ser ultimada a martillazos en la cabeza dejaron lasceraciones en el hígado y varias costillas rotas.

Ayer McClintic testificó en el juicio contra Rafferty. Su versión es la siguiente: Rafferty ordenó a McClintic secuestrar a una niña. Esperaron por la oportunidad a la salida del colegio. Stafford fue elegida porque estaba sola. La llevaron en el carro a una zona deshabitada cerca de Mount Forrest, Ontario, donde Rafferty procedió a violar a Stafford en la silla trasera. Cuando terminó, dejó el carro. McClintic buscó a la niña, la sacó del carro y le pidió perdón. La niña le rogó que no permitiera que él lo hiciera de nuevo. McClintic le dijo que era una niña muy fuerte. Rafferty regresó y le arrebató a la niña. La niña no quería soltar la mano a McClintic, pero McClintic sabía lo que iba a pasar y no quería presenciarlo, así que se alejó. Los gritos de la niña aparentemente revivieron memorias de su infancia (no entró en detalles) y estos recuerdos la motivaron a regresar al carro, empuñar un martillo y acabar con la vida de Victoria Stafford.

Los periódicos describen lo anterior como rabia reprimida debida a traumas de infancia. También se refieren con regularidad a McClintic y Rafferty como la pareja de drogadictos.

La culpa es siempre de sus historias. La narrativa diluye la responsabilidad.

We need to talk about Kevin

La justicia distribuye responsabilidad de acuerdo a la intencionalidad del crimen y las contribuciones individuales en su ejecución. Asumimos que este es un proceso racional y por ende confiable, supervisado por el aparato social que administra la verdad. Se espera que esta distribución no sólo aclare los vectores causales que determinaron el horror sino que, mediante una delimitación precisa de autorías, libere de culpa a quienes podrían ser condenados debido a algún tipo de proximidad circunstancial. La culpa, sin embargo, es un sentimiento que no atiende a la razón. El proceso penal puede evitar el linchamiento pero no el tormento. Quien culpa o siente culpa no admite que la desconexión causal explícita diluya los vínculos subjetivos que internamente sustentan la necesidad de castigo. A veces, no importan la voluntad, el esfuerzo o la presión, es imposible establecer la distancia liberadora. La mancha no se va. La expiación es recursiva. Nunca termina.

Tilda Swinton
La mamá siempre tiene la culpa.

Lunes (El dilema del mecánico)

El dilema del mecánico (modificado un épsilon por su servidor para propósitos experimentales) dice que un hombre poderoso le da la oportunidad de matar a un amigo suyo (alguien cercano, que a usted le importe, cuya ausencia seguro le dolerá) de la manera que usted prefiera. Tiene una semana. Su vida no corre riesgo. Si se rehusa o no cumple, alguien más lo hará (no hay manera de prevenir esto) y entonces, el hombre le advierte, no hay garantía sobre la calidad o circunstancias de la muerte de su amigo. En particular, es altamente probable que sufra, que sea humillado, torturado y sometido a vejaciones inimaginables. Por supuesto, la reacción inmediata ante semejante propuesta sería rechazarla ofendido en honor a la amistad (y al principio universal que le da cierto valor esencial a la vida humana), sin embargo ésta no es una decisión fácil. Su inacción no salvará a su amigo de la muerte y, como dice el hombre, tal vez usted le pueda ofrecer un final más digno. ¿Qué haría usted?

Turco

Me anuncian por teléfono que el turco está muerto. Les pregunto si están seguros. Si quiere le mando la foto de la cabeza por e-mail, doctor, me dice el salvaje este sin principios. Siempre es así con esta gentuza iletrada. Por eso es que el turco me caía bien, porque no era un bárbaro con el sistema moral atrofiado por tanta droga. Era un matón con sentimientos, digamos, alguien que todavía entendía, en medio de lo escabroso de su profesión, que las personas valen algo. Yo creía en el turco. Yo valoraba su consejo. Era un tipo limpio. Y creo que aún cuando me traicionó nunca dejé de tenerle respeto porque hasta traicionándome fue legal, si es que eso todavía quiere decir algo en este medio. Que qué hacemos con el cuerpo, doctor, me pregunta este malviviente. Déjelo en un cajón y avísele al cura, le respondo. El turco era creyente. Creía en Dios, al menos, pero no comulgaba porque decía que esa era una práctica canibal y hasta razón tenía: a mí también me da un poco de asco lamerle la mano al padre. Pero cuando yo rezaba en la mesa el turco rezaba conmigo y una o dos veces presidió incluso con un Padre Nuestro la homilía que montábamos antes de cualquier golpe grande para que el Altísimo nos blindara. A mí me da pena quebrar al turco, de verdad me apena. Yo quería a ese tipo, lo apreciaba, era como un hermano para mí. O un padre incluso porque era más viejo que yo. Yo no quería que el turco sufriera así que cuando di la orden les dije que pepazo a la cabeza de una, malpariditos, y no quiero ver ni morados ni golpes ni una sola herida además de los huecos de entrada y salida. También decidí que luego de las exequias y la cremación yo mismo me voy con la urna en un avión para Estambul a llevarle los restos a su señora madre, a quien no conozco pero admiro inmensamente porque crió un hijo piadoso, responsable y disciplinado con su trabajo y con su vida.