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asesinatos

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Buena parte de los artículos de prensa que he leído al respecto de ese horror que fue la muerte de Clayton Lockett se inician con una descripción minuciosa de sus crímenes. Toda la discusión sobre la ejecución atroz de Lockett parte de la naturaleza de sus actos: es el filtro establecido. En el fondo, lo que se sugiere es que tal vez merecía lo que quiera que recibió (su muerte, después de todo, es justa). Cuentan con la reacción visceral ante la narración de lo inaceptable (o lo monstruoso). Me espanta la forma como se difumina la responsabilidad de ese asesinato entre las excusas de medicamentos agotados, malas venas, la brutalidad del condenado, burocracias inexpugnables y concepciones primitivas de justicia. Sin excusas, al desnudo, lo que hay es una institución que a nombre de “la gente” monta homicidios (ineptos o no) de personas expulsadas del mundo compasivo (algunos desde su infancia) como espectáculo público de auto expiación. Tanto cinismo socialmente tolerado y promovido es desolador.

Títulos

He is also a self-published author, writing e-books with titles such as How I Saved Someone’s Life and Marriage and Family Problems Thru Communication and How a Judgmental and Selfish Attitude Is Destroying the World We Live in Because the World Is Vanishing Beneath Our Eyes.

Película

Al principio hay doce jóvenes al borde de la edad que legaliza sus vicios. Uno a uno, los jóvenes son asesinados en circunstancias por aclarar. Algunos aparecen empalados. Otros son crucificados. Uno de ellos es troceado y sus partes aparecen entre los armarios de la cocina de su abuela. La vieja los encuentra y entra en catatonia. No hay patrón ni lógica reconocible. Son muertes vulgares, sin la sofisticación visual y mecánica característica del género sangriento moderno. Los jóvenes no se conocen, ni siquiera viven en la misma ciudad, y por fuera de su vínculo generacional evidente no hay ningún detalle por mínimo que sea que los unifique más allá del hecho de que son los jóvenes muertos en esta película. La crueldad de los asesinatos escala a medida que los jóvenes se agotan. Ninguno sabe lo suficiente como para sospechar que será la próxima víctima. Uno de los jóvenes está enamorado de una mujer mayor que se aprovecha de su inocencia. Otro tiene problemas con su cuerpo que resuelve en peleas con desconocidos en centros comerciales. Otra más, una de esas veinteañeras con actitud y porte de adolescente, se odia en pose por ser tan perfectamente única que nadie está a la altura de su excentricidad. El protagonista, que podría ser cualquiera, quiere ser músico pero no siente que tenga lo que se necesita para triunfar. En realidad es una película sobre jóvenes, no sobre sus muertes. Sus muertes son exabruptos que impiden que la película progrese y los personajes alcancen la dimensionalidad plena que prometen. La primera víctima indirecta del asesino es el guionista, que presencia impotente como sus mejores personajes (los que guardó celosamente para la película que sería suya) son torturados por una fuerza sobrenatural que les niega su verdadero destino dramático. Los actores, inmersos en su papel, lloran al descubrir que su personaje también será asesinado. Nadie les avisó que terminaría así pero no hay alternativa. No es la primera película que se deshace en una masacre sin sentido pero nadie quiere que sea la suya. A veces pasa. Es necesario. La entidad pide un sacrificio y debe ser complacida. La entidad elige. Todo es ficción pero la muerte es real. La muerte siempre es real.

Duda

¿A cuántos miembros de la Unión Patriótica los habrán matado las mismas FARC para autojustificarse con mártires?

Un conflicto para (gobernarlos a) todos

El conflicto es una ficción cómoda: unifica y simplifica una variedad difusa de violencias y permite hablar de ellas (como todas y ninguna) sin entrar en detalles sociopolíticos o económicos incómodos que rompan la ilusión (y con ella la eterna promesa) de una solución universal definitiva. Aquí un ejemplo de uso (y aquí otro). Así como la paz nunca llega, el conflicto nunca se acaba. Su vaguedad intencional lo hace adaptable sin mayores modificaciones a todo discurso. Los pacificadores de oficio, naturalmente, son usuarios compulsivos del término. Con él defienden, entre otras cosas, la legalidad (y pertinencia) de sus abusos y matanzas.

Susto en la playa

(Mar de Coveñas, Redacción Nacional.) Una ceremonia de protección mística de rutina del reputado pistoloco cordobés Anunciación Valencia, de treinta y un años de edad, terminó en tragedia luego de que el chamán zenú a cargo conjurara por accidente a siete entidades extraplanares de motivos y afiliación cosmogónica por determinar.

El diverso catálogo de actividades del exclusivo balneario Mediterrané De Lux Segunda Etapa, donde Valencia pasaba un fin de semana de negocios y placer con su Famiglia, no incluía entre sus atracciones programadas para ayer el ataque sorpresivo de bestias antediluvianas iridiscentes de trece metros de altura dotadas de incontables apéndices prensiles dentados con visible preferencia por la carne humana ligeramente rostizada.

Una de las criaturas estaba preñada.

Por desgracia, los videos y fotografías del asalto disponibles en línea sólo capturan una fracción menor del horror reinante ayer en las bellísimas instalaciones de este complejo hotelero y casino de última generación, punta de lanza del emporio turístico del magnate y filantropófago payanés Raúl Acevedo.

Don Raúl, en la clandestinidad desde hace un lustro debido a sus incomprendidas tendencias gastronómicas, lamentó el ataque y elevó una plegaria sentida a La Deidad Árbol para que acoja en sus ramas ubicuas la esencia nutritiva de los caídos.

Asimismo, expresó su confianza en que el portal siga abierto y el incidente atraiga una ola nutrida de turismo paranormal. “Mugre que no mata engorda”, puntualizó.

De acuerdo a las autoridades, se estima que trescientas cincuenta y tres personas, mayoritariamente turistas del interior del país, fueron devoradas durante el episodio. Quinientas setenta y dos más resultaron heridas. Un porcentaje significativo presenta quemaduras de tercero y cuarto grado. Las pérdidas, cercanas a los seis mil millones de dólares, han sido categorizadas por parte del equipo financiero a cargo del emporio Acevedo como despreciables en comparación con el impacto publicitario.

Tras veintitrés minutos exactos de carnicería inmisericorde, las entidades regresaron satisfechas y sin rencor alguno a su plano existencial natural.

Boy Magazine Monster Bem 1

Al cierre de esta edición se desconoce aún la suerte de Valencia y su cuadrilla. La nación, conmovida hasta las lágrimas con la noticia, se dejó sentir de inmediato a través de las redes sociales y, mediante la etiqueta #ValenciaForEver, convoca en la capital a una marcha conmemorativa de la vida y obra de este hijo predilecto del municipio de Purísima, doctor honoris causa de la Universidad Nacional, y reconocido a nivel mundial por su habilidad con el changón y la sensibilidad estética particular de las happening-masacres que ejecutó en diversos rincones del país durante las últimas dos décadas.

La senadora doctora Astrid Trujillo, vocera y líder espiritual de la Brigada Popular por la Reconciliación Humanitaria, aseguró que la obra de Valencia “será recordada por su valentía conceptual y su compromiso con la pacificación nacional mediante el uso legítimo de la violencia selectiva de acuerdo a la convención de Ginebra”.

La Cofradía de Canalizadores Energéticos Indígenas Independientes, por su parte, indicó en un comunicado que el incidente se debió al uso no autorizado de un protocolo experimental de protección (preventivamente incautado por agentes del Ministerio de Defensa) que pretendía renovar el blindaje de Valencia por cinco años más. El método tradicional certificado, basado en un sahumerio de semillas secas de almendra e hinojo maceradas en sangre fresca de hicotea, garantiza apenas un año de aseguranza.

En horas de la tarde, tras un breve acto religioso presidido por el párroco de la localidad, las piscinas y amplias playas privadas del complejo fueron bendecidas, desinfectadas y abiertas de nuevo al público, para delicia de los veraneantes.

Contra todos

Aumento del poder destructivo de artefactos explosivos durante el siglo veinte.

Los autores de atentados terroristas usualmente los reivindican pues con ellos demuestran su capacidad de amedrentamiento. En Colombia no es así. Optan en lo posible por el silencio. Les conviene más. La guerra colombiana es un negocio donde todos los bandos se declaran, a su manera, justicieros del lado del pueblo (que oprimen y matan) y de la paz. Admitir que asesinaron a cinco personas aumenta la credibilidad política del oponente y reduce la propia: debilita su fachada heroica. Promover la confusión es preferible. Lo que importa es sostener la guerra activa en todos sus frentes. El juego de acusaciones subsiguiente es útil a los asesinos pues genera polarización, desconfianza y agresividad. Recrudece el enfrentamiento político en las ciudades. Radicaliza las posiciones. Explica la matanza en el monte. El mensaje de la explosión es abierto pero al mismo tiempo llega a quien debe llegar: cada cual lo interpreta a su conveniencia y cualquier interpretación es válida en tanto que no hay cómo refutarla. La amenaza es más efectiva y amplia cuando no se sabe de dónde proviene. Una amenaza sin firma es una amenaza contra todos.

Las Brisas

La pregunta sobre la naturaleza (o la fuente) del mal es una banalidad. Cualquiera con suficientes años en este mundo debería tener claro que no se necesita gran cosa para convertir a una persona (no me excluyo) en monstruo. Las justificaciones sobran. Es sencillo de verdad. No hay que estar dañado. Un resentimiento bien establecido (mediante entrenamiento, instigación o vivencia) engendra odio y del odio a la violencia sólo hay un pequeño tabú moral que es fácil de ignorar bajo suficiente presión. Pero es peor todavía: no se necesita nada. Ninguna excusa. Las limitaciones que impone la sociedad nunca son suficientes para contener todas las variantes de daño intencionado concebibles. Una centena de hombres llega a la vereda Las Brisas y fusila a doce campesinos (papás, hermanos, hijos). Luego los decapitan a machete ante sus familias. Son órdenes de arriba. Casi rutina. Cuando le reclaman a los asesinos ellos dicen de diferentes formas que no saben por qué lo hicieron pero están arrepentidos y sienten culpa (o sea merecen perdón). Con algo de esfuerzo histriónico lloran. Parece casi natural. Está bien hecho. Las revistas y los jueces intentan explicar por qué pasó. Hablan de venganzas, territorio y estrategias. No es satisfactorio pero es funcional. Cuelgan de eso un Nunca Más. La narrativa como consuelo. El horror dispuesto en una cadena causal bien alineada, apodada de cariño La Verdad, que convierte lo inaceptable en comprensible. Nos inventamos el cuento de que la maldad es ajena a lo que somos (es inhumana) y necesita historias que nos perviertan para poder existir.

Bestia

Tras la décimo octava víctima, La Bestia decidió hacer una pausa y reflexionar sobre el sentido de su arte. Primera conclusión: el asesinato es una necesidad primaria y precede a cualquier atisbo de análisis moral. Por eso el hombre bueno puede matar. Mientras se preparaba para acostarse, recién duchado después de una larga jornada de limpieza del sótano relleno (literalmente) de fantasmas, se preguntaba en qué punto la intención neutra, la fantasía ansiosa de poseer la vida de otro, se convertía en maldad. En el fondo sabía que era un criminal. Había estudiado la ley. Sabía que su ejecución no era totalmente limpia y había pruebas contra él. Siempre habría pruebas. Pero no eran suficientes. Cualquier implicación era, por lo pronto, circunstancial. Era cuidadoso. Sabía lo que hacía. ¿Lo sabía? Temeroso de crear patrones que lo delataran, había desarrollado un método aleatorio de selección, tratamiento y disposición de sus víctimas y se rendía con disciplina a su voluntad falsa de cálculos y generadores de la ilusión del azar. Ceder el control lo incomodaba, pero temía que su inconsciente lo delatara. También, para qué negarlo, le agradaba pensar que no era él, sino la máquina, quien exigía el sacrificio. Era liberador. Por eso no se opuso ni dudó cuando el programa le ordenó procesar a su hermana, su favorita, la menor, la artista. Era necesario, se dijo. Era su vida o mi paz. La Bestia no odiaba. Tampoco se alimentaba del dolor. Era un asesino compasivo, tranquilo, sin rencores que lo traicionaran. Matar no era placentero, sólo reducía temporalmente la angustia. Sentado en una silla frente a su cama, sin la máscara habitual, le pidió a su hermana que lo entendiera antes de someterla con una dosis de ketamina. Ella lo miró con bondad desde la ausencia, sin reclamos. Cuando sus restos aparecieron en una bodega abandonada, dispuestos en lo que parecía ser parte de un grotesco ritual arcano, lloró asqueado con llanto sincero por teléfono y luego ante el cuerpo agujereado mil veces en la morgue mientras una trabajadora social le daba palmadas inútiles en la espalda y lo intentaba convencer de que, pese a la evidencia, Mariana no había sufrido. Y qué importaba si no había sufrido si ya no estaba. Era la primera vez que podía apreciar su arte desde adentro, desde la condición de víctima impotente. Nunca antes se había permitido algo así. Ser, de alguna manera, el muerto. No sabía cómo reaccionaría. No sabía qué esperar. ¿Ese era el efecto de su arte? ¿La tristeza intransferible del que pierde lo que quiere? ¿La soledad? ¿El vacío? ¿El futuro perdido? ¿Y dónde estaba su recompensa? ¿A quién servía la maldad? ¿De dónde provenía? ¿Por qué tanto dolor? ¿No había bondad en la maldad? ¿No era siempre buena para alguien más? Atormentado, La Bestia decidió darse un tiempo para pensar y reestablecer su vida. Tal vez crear nuevos vínculos con el mundo. Tal vez pintar o escribir. Quería hacer algo realmente hermoso. Quería volver a tener ilusiones y dejar atrás su destino monstruoso. Viviría la vida que Mariana no pudo tener. En el tren hacia Toronto, con la máquina dormida en su maleta, soñó despierto que en la estación lo esperaban el amor, la nieve y el perdón.

芭比3 (Óleo en lienzo), por 黃沛涵. Parte de su serie Fleshy Fairytale.

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Sábado (El problema de Randy y otras historias)

Infrahistoria: La versión que tengo de El problema de Randy y otras historias de Luis Noriega está compuesta por diez relatos relativamente extensos que en un libro físico ocuparían unas doscientas páginas. Como en el caso de Razones para destruir una ciudad, este es un libro parcialmente inédito que le pedí a su autor a través de Twitter. Digo parcialmente inédito porque cuatro de los diez cuentos aparecieron publicados ya sea en revistas (El Malpensante) o en antologías (Calibre 39 y Relatos Caníbales). Yo conocía a Luis pero no sabía que lo conocía. Cuando leí Soluciones ad hoc, publicado dentro de la antología Calibre 39, no caí en cuenta de que era el amigo de mi amiga con quien nos encontramos varias veces en fiestas y comidas en Barcelona. No recuerdo cómo fue que me di cuenta, tal vez hablando con ella. Rencor: Estos cuentos de Luis encajan dentro del género de la Literatura del Rencor. Encajan y lo inauguran. En la Literatura del Rencor el personaje principal, que es usualmente el mismo narrador, resiente (por razones diversas) su situación actual y en respuesta (tras algún tiempo de pasividad que sólo exacerba la molestia) actúa con violencia (ya sea verbal o física). El rencor del personaje está relacionado con la pérdida del orgullo o de los ideales, con la constatación de que no es lo que esperaba ser, o con la frustración que le produce su dificultad para interactuar con el mundo. El personaje, por lo general, es incapaz de entablar relaciones significativas y duraderas con otras personas y, cuando lo hace, su rencor (que muchas veces no es otra cosa sino una suma de inseguridades enquistadas) lo hace dudar del valor de estas relaciones o de su propia sinceridad con respecto a ellas. Los relatos de la Literatura del Rencor son antiparábolas donde no hay redención: al final los personajes se dejan llevar por (o se resignan a) sus motivaciones mezquinas (muchas veces delirantes) y salen relativamente bien librados. Suena serio y duro pero Luis hace esto sin solemnidad alguna. No hay siquiera una pretención burlesca de solemnidad. La Literatura del Rencor es, en contra de la intuición, desparpajada y humorística (la prosa de Luis es casi costumbrista) porque los personajes rencorosos son también hombres más bien buenos (aunque en evidente crisis moral) que se esfuerzan demasiado por encarnar la maldad, no siempre con los resultados deseados. Ingredientes: En estos cuentos aparecen y reaparecen elementos. Recolecté unos cuantos: un profesor/escritor, un arma, un taxista con una varilla, la evolución de Darwin como religión de incitación a la reproducción, Sherlock Holmes y la literatura criminal como modelos antimodélicos, la teoría literaria como falso transfondo, la escritura (frustrada) de literatura y el fracaso en general, una puntilla clavada (para colgarse y/o para acumular rechazos), La Guerra de las Galaxias, los conflictos familiares, la sociedad del un güisquicito, atracos, una pieza de construcción que cae del cielo por accidente, Bogotá, España, inmigración como huída, el autodesprecio, muertos con violencia, asesinos improvisados, y, naturalmente, la venganza.

Bruja

Desde hace años que mi mamá consulta a una bruja en el barrio cada mes. La bruja lee cosas y da buenos consejos. Dice que no puede prometer futuros pero tiene una ventana directa al alma de la gente, ese es su verdadero poder. “La gente no oye lo que le dice el alma”, me explica. “Para eso estoy yo. Yo sé oír”. Cobra poco. Vive de los regalos de la gente y una pequeña tienda. No es una mujer muy vieja pero tuvo una vida difícil. Luce acabada y sonríe poco. Aunque es de Pereira por mucho tiempo vivió en Medellín, era ama de casa, pero un día llegó del mercado y su marido y su hijo de cuatro años estaban muertos en la sala. Los habían matado a quemarropa. Habían escrito cosas en las paredes. Llamaban a su marido TRAIDOR y MENTIROSO. Luego vino la policía y le preguntó si su marido, quien trabajaba en una panificadora, estaba involucrado en negocios ilegales, con la mafia, con las milicias. La policía quería saber muchas cosas pero ella no tenía cabeza para responder. Ella miraba a su niño debajo de la sábana en la sala y pensaba ahora qué voy a hacer, ahora qué voy a hacer. Ese mismo día salió de esa casa y nunca regresó. Pensó que regresaría más tarde, pero allá abajo decidió que no. No le pidió ayuda a nadie. No llamó a nadie. Salió de la casa y se puso a caminar por el centro de Medellín, a mirar la gente, a preguntarse cuántos de esos malparidos sabrían lo que ella estaba sintiendo y por qué no se notaba. Por qué todos se veían tan felices, tan bien puestos, en esas vidas tranquilas que llevaban. La mujer que luego se volvió bruja no entendía por qué tenía que tragarse el dolor sola, tampoco entendía por qué su hijo no salía en las noticias con ese hueco en la frente que le desfiguró la cara para que vieran, para que sintieran lo que pasa allá arriba, en lo alto, donde se deciden las cosas importantes de esta ciudad.