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raquel_y_el_fin_del_mundo

Raquel y el fin del mundo se enmarca en la tradición del cómic alternativo semirrealista contemporáneo que es obligatoriamente rústico en su factura y melancólico en tono. Trata sobre la disolución de un grupo de amigos desde la perspectiva de quien los ve partir y no sabe cómo dejarlos ir. También hay algunas muertes. Mariana Gil Ríos, su autora jovencísima, dibuja en un estilo muy sencillo (por ratos se pasa de burdo) a blanco y negro con tonos grises en algo que parece acuarela y que ocasionalmente explota en viñetas dinámicas donde sugiere movimiento o cambios mediante colores o multiplicidades. Aunque la historia en sí es bastante minimal, se siente la intención de montar sobre ella algo grande y sustancioso. Esta ambición cauta permite que la narración no se salga de control sin que esto la fuerce a reprimirse. Es una lectura agradable con muy pocos baches. Tal vez algunos diálogos desmerecen y valdría la pena haber ahondado en el drama de la protagonista para que no pareciera una pataleta infantil tardía, pero aún así creo que cuenta lo que quiere contar y lo logra con un estilo propio y sincero. Es una buena primera novela.

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El objetivo principal de la crianza es hacerse prescindible. Como propósito vital tampoco cae mal: que llegue un momento, ojalá pronto, en el que la distancia con el mundo permita difuminarse sin afectar a nadie ni incomodar.

Diluya en leche

Tenemos muy poco tiempo para vivir. Nos deshacemos en el siempre. Ninguna marca, salvo la ausencia, es suficientemente permanente. El recuerdo es simulación y ficción.

Miércoles

Hoy hace seis meses nació Mauricio Arturo. Creo que fue el día más feliz de nuestra vida. Lo recuerdo a mucho detalle. Recuerdo la espera, la intensidad del parto, la sensación plácida, felicidad tranquila y pura, irrepetible, de tenerlo en mis manos por primera vez, su cara tibia contra mi nariz, sus ojos atentos, sus manos arrancándome las gafas, su cuerpito ligero. Cuánta fuerza tenía. Cuánto pesa su ausencia.

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Miércoles

Es miércoles, son las diez de la mañana, hace poco caía nieve ligera afuera, y este es mi reporte regular de supervivencia para acreditar que seguimos amarrados al tiempo. Antes de continuar bajé a entregarle el cheque de la renta del apartamento a la administradora del edificio, un gesto que se siente arcaico pero que le da cierto sentido de humanidad a un asunto que en muchos lugares ya se dejó, como tantas otras cosas, en manos de los bancos. Mónica me llama para que revise unos archivos en su computador. La imagen de fondo de pantalla es esta foto. Es imposible de creer que dos días más tarde Mauricio Arturo, el niño pequeñito y lindo-lindo que duerme a suspiros en mi hombro y al que todavía puedo sentir ahí si me concentro lo suficiente, estaría muerto (¡qué impotencia tan terrible me arrasa cada vez que lo pienso!), pero la imagen, volverlo a ver, siempre es reconfortante, nos consuela. Sirve para corroborar que vivió y estuvo con nosotros, que nos hizo felices. Esos pequeños rastros físicos de su presencia brevísima son nuestro paliativo para combatir el dolor que no se va. Ha pasado muy poco tiempo, muy poco. Ahí vamos. Cocinamos cosas, compramos cosas, hablamos, nos acompañamos, nos queremos. Ahí vamos. Ahí. Por las noches, antes de dormir, leo A Naked Singularity y Mónica lee la tercera parte de Millenium. Ya bajó el ritmo de lectura para que no se acabe tan rápido. De A Naked Singularity hablaré a fondo cuando lo termine. Por lo pronto sólo diré que es una de las mejores lecturas que me ha dejado este año tan agrio, tan dulce y tan confuso que ya casi se acaba y todavía no sé bien dónde me deja.

As the dawn began to break, I had to surrender. The universe will have its way: too powerful to master. What is love and what is hate? And why does it matter? Is to love just a waste? How can it matter?

—The Flaming Lips, In the Morning of the Magicians

Jueves

Dos abuelas sin su nieto duermen en la sala de mi casa. Una de las dos presenció con impotencia su partida. A la otra todavía le cuesta creer que no haya podido conocerlo. Hoy Mauricio Arturo cumpliría una semana de nacido. Habríamos ido con él a la estación de tren a recibir a mi mamá. Seguramente dormiría en este momento junto a mí. Hablaría, en esta entrada, del ritmo de su respiración y de sus gestos mientras duerme. Describiría sus manos. Mónica duerme a mi lado. Tiene la piyama que se puso en el hospital. Hace una semana regresé muy cansado a la casa más o menos a esta hora. Era el hombre más feliz de este planeta.