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Brujas

Ayer terminamos de leer Las brujas de Roald Dahl. Me gustó mucho el final. Al final, el niño protagonista y narrador, en una conversación con su abuela, habla de sus expectativas de vida ahora que será un ratón para siempre. Ambos reconocen que les quedan, a lo más, nueve años (los ratones normales viven tres; él, por ser un ratón-humano, vivirá un poco más). Pero esa no es una tragedia. Ambos lo ven como un reconocimiento de la importancia de aprovechar su compañía mutua y el tiempo que les queda. No hay tristeza ante esa perspectiva. El cierre, aunque enmarcado en esta conversación, resulta ser la promesa de una gran aventura. El presente siempre debería ser el inicio de una aventura.

20

Mañana nos vamos de aventura por quince días a cambiar de paisaje. La vida de pueblo es agradable y tranquila pero la soledad y falta de vida de ciudad cansan. Vamos a ver amigos y a hundirnos en multitudes. Tal vez reduzca las palabras acá y compense con fotos. Sigo comprometido a la entrada diaria aunque no sé para qué. Para lo de siempre, me respondo. Laia quiere que le lea libros todo el tiempo. El mismo libro una y otra vez. Cuando se cansa trae otro y lo reemplaza. No sé bien qué le dicen esos cuentos que le leo. Son sencillos. Son las palabras reiterándose hasta que dejan de ser ruido y empiezan a decir algo. En uno de los libros, al final, la mamá le da un beso de buenas noches a la hija y le dice que aunque realmente la cansa ella la quiere de todos modos. La hija le responde que ella también la quiere de todos modos. Así se siente. Es una muy buena descripción de la mecánica de la relación a esta edad. Nos queremos de todos modos, pese a todo, desde una profunda incomprensión mutua.

Claremont

Después de pasar por Nueva York, Arturo llegó por fin a Claremont, donde estará un rato trabajando en su matemática. Los reportes en el blog sólo mejoran. Aquí un extracto jugoso de esta entrada:

Quiero que conozcas a mi enfermera, es peruana. Perfecto, preséntemela. Mira no te conozco, por eso le sugiero, señora, que cerremos la cocina en la noche con llave para que él no entre a la casa y no se meta a mi cuarto; no te ofendas no es nada personal. No no me ofendo, sólo que yo no me voy a meter a tu cuarto, créeme. Uno nunca sabe, necesito sentirme segura. Pienso: Yo no soy ningún violador de peruanas, no me trate mal vieja hijueputa. Digo: Mira, conmigo no tienes nada que temer porque resulta que soy 100% gay. Falso: las tetas me fascinan, sobre todo las de Valentina, pero no es inteligente decir esto ahora. Pienso: ¿Será que violan a muchas mujeres los machos claremonitas que andan aquí en una paranoía androfóbica inmamabale al punto que conseguir habitación para hombres por acá es tan dificíl? Digo: mira, yo tampoco te conozco, no te ofendas, no es personal, pero si me van encerrar a determinadas horas en mi cuarto, sencillamente, no me interesa.

Larry

El fantasma del parqueadero es amigable. Abre las puertas y se asegura de que todos lleven puesto el cinturón de seguridad. A veces se sienta justo detrás de mí y me pregunta intrigado para dónde vamos pero al final nunca va. Conoce mi nombre. Sabe cosas sobre mi vida. Se preocupa por nosotros. No sale en las fotos, pero aparece sólido en el espejo retrovisor. Es un señor viejo de papada amplia con camisa de cuadros y tirantas. Luce emocionado, como si hace mucho tiempo no saliera de su casa. Lleva una gorra de los Blue Jays y le faltan varios dientes. Una vez le pregunté a dónde le gustaría ir y me dijo que quería volver pero no supo decirme a dónde. La superintendente dice que era el marido de una antigua inquilina del edificio que se fue hace un par de años a vivir con sus hijas en Toronto. Murió en su cama, de viejo. Llegó muy joven a Canadá proveniente de Escocia. En London trabajaba como contador y mecanógrafo. Todo lo que sabía lo aprendió en cursos por correspondencia. Tenía un problema en el brazo que le impedía manejar. Adoraba los trenes, igual que yo. Vivió en nuestro apartamento treinta y seis años. Se llamaba Larry. Últimamente duerme en la sala, con los gatos, y hace té para todos cada mañana sin falta. Luego se baña largo en la ducha y canta. Todavía no sé adónde va por las mañanas.

Sábado

Día fresco, casi frío. Cada vez estoy más convencido de que Melville tenía un propósito claramente humorístico al escribir Moby Dick. Digo esto porque en mi primera lectura de esta novela, cuando era demasiado joven para apreciarla, me pareció sobre todo seria y pesada. Esta lectura me ha reconciliado con la narración de Ishmael. Ahora me parece mucho más adolescente y divertida. Una novela de aventuras trágicas con acotaciones humorísticas. Ese humor raro de Melville, que le dedica capítulos al estudio frenológico de la cabeza del cachalote y otros a reflexionar sobre la posibilidad de que San Jorge no haya matado un dragón sino una ballena o a intentar explicar en tono enciclopédico cómo fue que Jonás pudo vivir entre una ballena, es una de las grande virtudes del libro. Me alegra haberme embarcado (verbo nunca mejor usado en este contexto) en esta relectura tranquila. Leo despacio últimamente, me cuesta muchísimo concentrarme. “You live your life as if it’s real, a thousand kisses deep.”

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(Leonard Cohen, A thousand kisses deep)